"Unidos en Cristo para Evangelizar"
25 de Noviembre de 2021
Los paganos bautizados 2
 


En términos generales, la tibieza se caracteriza por la aridez del espíritu frente a las cosas de Dios. Esto significa que nuestra alma gradualmente ha llegado a un estado que se resiste a todo lo espiritual.

En la editorial anterior examinábamos el fenómeno pastoral que el Cardenal Ratzinger describía como los “paganos bautizados”, para aludir a las personas que han sido hechas cristianas por el bautismo, pero que no creen y ni han conocido la fe. Como se explicaba, el fenómeno tiene muchas explicaciones.

Ahora, dentro de los temas que podríamos examinar en el Sínodo que estamos preparando tiene relevancia detenerse en otro fenómeno eclesial en que se encuentran muchos católicos que actualmente padecen una enfermedad con dimensiones pandémicas: la tibieza, pereza o acidia.

Siguiendo nuevamente al Cardenal Ratzinger, se trata de un especial tipo de tristeza. Según este teólogo, “la antropología cristiana tradicional dice al respecto, que tal tristeza deriva de una falta de magnanimitas (ánimo grande), de una incapacidad para creer en la propia grandeza de la vocación humana, la que pensó Dios para nosotros” (“Mirar a Cristo”, Obras Completas, BAC, 2018, p. 415)”.

Dentro de la teología moral hay acuerdo que la tibieza es la enfermedad más peligrosa de la vida espiritual. La gravedad de este mal se advierte en el Nuevo Testamento cuando señala: “Conozco bien tus obras, que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Mas por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, estoy para vomitarte de mi boca; porque estás diciendo: Yo soy rico y hacendado, y de nada tengo falta; y no conoces que eres un desdichado miserable, y pobre, y ciego, y desnudo.” (Apoc. 3, 15-16).

El grupo humano que puede ser afectado por esta dañina y silenciosa peste son las personas que, en algún momento de su vida, de manera sincera, se han planteado como opción de vida el crecimiento y la santidad a la que estamos llamados todos los cristianos.

En términos generales, la tibieza se caracteriza por la aridez del espíritu frente a las cosas de Dios. Esto significa que nuestra alma gradualmente ha llegado a un estado que se resiste a todo lo espiritual. Se trata de una aridez culpable, que debe ser diferenciada de la “sequedad” que Dios permite en muchos casos. Como lo puntualiza el referido Cardenal, “su esencia es la huida de Dios, el deseo de estar solo consigo mismo y la propia finitud, de no ser molestado por la cercanía de Dios” (ob. cit. p. 416).

Para verificar cuando está presente o comienza a manifestarse en nuestra alma esta peligrosa enfermedad consideremos a una persona que tiene frío en invierno. Si hay una estufa en su casa y no se acerca a ella es su culpa no salir del frío. ¿Por qué esa persona que siente frío no se acerca a la estufa?

¿Por qué esa persona, que está llamada a la santidad todo lo espiritual le cuesta? La respuesta es una: porque gradualmente fue perdiendo el ánimo y la fuerza para estar cerca de Dios.

Como suele ocurrir con todas las enfermedades, el paciente debe reconocer que la padece y ser obediente, naturalmente si quiere curarse.

Para examinar si esta peste nos alcanzó o comienza a manifestar signos positivos veamos sus manifestaciones más evidentes.

El desaliento. La tibieza no se da de un día para otro; en forma paulatina se apodera de la voluntad hasta hacerla caer en un estado de indiferencia con las cosas de Dios. Ordinariamente antes de caer en la tibieza surge el desaliento. Es señal clara de este estado consentir en la idea de que la santidad no está hecha para nosotros. El tibio se auto-convence de que no ha nacido para ser santo, renunciando al objetivo final que Dios quiere para nosotros.

La relajación de espíritu. El espíritu se relaja y al tibio todo le da igual en su vida espiritual; antes se ilusionaba con su visión cristiana de la sociedad y vibraba con los valores del Evangelio, hasta que todo ello llega a ser “una etapa superada”. Cuando se llega a este estado, la persona queda expuesta a ser influenciada por conductas inspiradas en modelos mundanos, y por ideas novedosas que invitan a tomar actitudes y comportamientos, aunque ellos estén alejados del ideal cristiano. A esta altura el tibio se resiste a recibir la fuerza especial del Espíritu Santo, que nos ayuda a difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz (CIC 1303). Normalmente en este estado el tibio pasa a ser un “reformador” que alienta, con ocasión o sin ella, que la Iglesia debe actualizar su moral o incluso sus dogmas. Caminar del brazo con el error a esta altura de algo que al tibio le parece normal, aunque ello le cause escandalo a los fieles creyentes. El tibio puede dar su voto a un enemigo de Cristo y su Iglesia casi sin advertir que existen límites de bien común. Si es autoridad política, la excusa será que “no puede imponer su moral al resto”, aunque las idea de los otros terminen por construir una sociedad profundamente anticristiana.

La relajación de espíritu explica que el tibio abandone el arma de lucha de los cristianos, como es la oración en sus diversas formas. La oración se ve como algo aburrido, pesado, una pérdida de tiempo. A esta altura ir a Misa se ve como una pesada carga, comparable a subir el Aconcagua sin equipo de andinismo. Si fue a mitad de semana a una misa funeral de un pariente, entiende que ella “vale como la del domingo”. El tibio trata de compensar todas actuaciones espirituales con el objeto de disminuir su vida de piedad al mínimo posible, aunque ello lo deje, en términos metafóricos, al nivel de un “encefalograma plano”. Se busca vivir de mínimos y por ello no es infrecuente que comienza a transar en todo en contenido de su fe.

La necesidad de satisfacciones inferiores. El tibio se siente atraído de manera expedita por amistades frívolas, por la diversión en un pub, por programas de televisión (sin considerar si le convienen o no a su alma), la práctica exagerada de un determinado deporte. Es capaz gastar horas en conversaciones intrascendentes o en las redes sociales, pero si le proponen un plan espiritual de cualquier tipo la respuesta es categórica: “no tengo tiempo”. Plantearle la posibilidad de ir a un retiro espiritual, aunque sea de pocas horas, le es prácticamente imposible de aceptar. 

Una visión práctica, utilitaria y activista de la vida. El tibio pierde el sentido de la generosidad y todo lo afronta con una visión utilitaria y práctica: sólo vale lo que reporta ganancia, comodidad, placer o satisfacción. En las vidas tibias automáticamente queda fuera el espíritu de sacrificio. Cuanto implique sacrificio, renuncia, esfuerzo, lucha, queda descartado. La exigencia del cristianismo le parece pesada y está apostando por un cambio de la doctrina a las “nuevas realidades”.

Se acepta el pecado venial deliberado. El alma tibia acepta el pecado venial con toda tranquilidad; conoce su maldad, pero como no llega a ser pecado mortal, vive con una paz aparente, considerándose buen cristiano, sin darse cuenta que el pecado venial deliberado puede ser para él un detonante de pecados mortales. El don de temor de Dios, es algo que ni siquiera se cuestiona. El Tibio piensa que Dios es tan misericordioso que ya está salvado y cuenta con un lugar en el cielo.

La tibieza no tiene otra solución que Dios mismo. Es decir, sólo la gracia de Dios nos puede hacer salir de esta peste espiritual. Los medios para obtener sanación son los de siempre: redescubrir aquel amor de los inicios, por ejemplo, de nuestra vida matrimonial y familiar, proponiéndonos metas concretas; retomar la vida de oración, la vida de entrega a los demás. Y de manera muy especial, retomar el sacramento del perdón y de la comunión.

Aprovechemos la oración del Mes de María para pedir a nuestra Santa Madre, que cambie tantos corazones tibios, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; y que, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad; que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida, y de esperanza para el porvenir.

Crodegango






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