"Unidos en Cristo para Evangelizar"
08 de Junio de 2022
La obediencia a la voluntad de Dios
 


Un tema esencial en la vida cristiana es la obediencia a la voluntad de Dios. Su base teológica, como en todo, está en la vida de Jesucristo.

El valor de la obediencia en la oración en Getsemaní así lo revela: “Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). A partir de este ejemplo, debemos imitar a Cristo y empeñarnos por obedecer al Padre, que nos habla mediante las mociones del Espíritu Santo.

Son muchos los santos y autores de la literatura espiritual que han escrito sobre este asunto, dando distintos criterios para ayudar a su vivencia. 

El padre del monacato occidental, San Benito de Nursia (480-547) vincula este tema a la humildad al prescribir en su Regla: “1 El primer grado de humildad es una obediencia sin demora. 2 Es la que corresponde a quienes nada aman más que a Cristo” (…).

Entre los libros de espiritualidad que han examinado con profundidad este asunto, uno con varias ediciones es “El Santo Abandono”, escrito por Don Vital Lehodey (1857-1948). Ayuda a la compresión de este tema la diferencia que hace este religioso entre la voluntad significada y la voluntad de beneplácito. Ambas son manifestaciones del querer de Dios en nuestras vidas, pero que se presentan de diferentes formas.

La voluntad significada de Dios se manifiesta en los siguientes tres planos.

En primer lugar, en los mandamientos de Dios y de la Iglesia y nuestros deberes de Estado.

- A través de los Diez Mandamientos, Dios ha revelado a los hombres una serie de reglas para actuar rectamente en la vida conforme a su querer: 1) Adorar y amar a Dios sobre todas las cosas. 2) Respetar el nombre de Dios. 3) Santificar el día del Señor. 4) Honrar padre y madre. 5) No matar. 6) No cometer acciones impuras. 7) No robar. 8) No levantar falso testimonio ni mentir. 9)No consentir en pensamientos impuros. 10)No codiciar bienes ajenos.

- Los mandamientos de la Iglesia “se sitúan en la línea de una vida moral referida a la vida litúrgica y que se alimenta de ella. El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral, en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo” (CIC 2041). Su contenido es el siguiente: el primer mandamiento es «oír misa entera los domingos y demás fiestas de precepto y no realizar trabajos serviles». El segundo mandamiento es «confesar los pecados al menos una vez al año». El tercer mandamiento: «recibir el sacramento de la Eucaristía al menos por Pascua». El cuarto mandamiento: «abstenerse de comer carne y ayunar en los días establecidos por la Iglesia». El quinto mandamiento: «ayudar a la Iglesia en sus necesidades» (CIC 2041-2043).

Nuestros deberes de estado aluden a la fidelidad que debemos prestar a las gracias de estado, que acompañan el ejercicio de las responsabilidades de la vida cristiana y de los ministerios en el seno de la Iglesia. Así, por ejemplo, el sacerdote a su ministerio, el casado a su matrimonio. Cada uno debe obedecer lo que Dios espera de esa condición. Si el cura se comporta como si estuviere casado y el casado como si fuera cura, estamos con graves problemas de obediencia a Dios. 

En segundo lugar, la voluntad significada se manifiesta en los consejos evangélicos. Como lo explica el Catecismo: “Los consejos evangélicos están propuestos en su multiplicidad a todos los discípulos de Cristo. La perfección de la caridad, a la cual son llamados todos los fieles, implica, para quienes asumen libremente el llamamiento a la vida consagrada, la obligación de practicar la castidad en el celibato por el Reino, la pobreza y la obediencia. La profesión de estos consejos en un estado de vida estable reconocido por la Iglesia es lo que caracteriza la "vida consagrada" a Dios (cf. LG 42-43; PC 1)”. (CIC 915).

En tercer lugar, la voluntad significada comprende las inspiraciones de la gracia. En palabras del Catecismo: “la gracia santificante es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe distinguir entre la gracia habitual, disposición permanente para vivir y obrar según la vocación divina, y las gracias actuales, que designan las intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación" (CIC 2000). El Espíritu Santo siempre nos está “soplando al oído”. Dios cuenta con el seguimiento de esa voluntad significada en medio del mundo, para que logremos la santidad. Por esta razón se explica que los pecados más graves son los cometidos contra el Espíritu Santo, ya que ellos nos ponen en condición de “sordera espiritual”, que impide nuestra conversión o no permite que nos liberemos de la falta de libertad en que nos puede sumir el pecado consciente y deliberado.  

Junto a la voluntad significada existe también la voluntad de beneplácito. Como se explica en el “El santo Abandono”, se refiere a la conformidad con la voluntad de Dios a través de muchos grados de perfección. A través de esta forma de obediencia, los cristianos podemos llegar a una conformidad perfecta con el querer divino a través del santo abandono, que no es resignación, ni conformismo, sino una manifestación de la caridad que acepta lo que Dios ha permitido en nuestras vidas. La excelencia y los frutos del santo abandono nos lleva a vivir entregados plenamente en la voluntad de Dios. Es la confianza del niño pequeño en los brazos de su madre. 

En una época de extendida desobediencia a lo que Dios quiere, los católicos estamos llamados al “apostolado personal de la obediencia” a la voluntad de Dios.

Para poder avanzar seriamente en esto es útil hacer un examen de conciencia respondiendo: ¿Obedezco a Dios? ¿Obedezco lo que la Iglesia Católica indica? ¿Trato siempre de salirme con la mía, desobedeciendo lo que me indican? ¿Quiero obedecer como Cristo en Getsemaní?

Pidamos a Santa María, que interceda por nosotros para tener la humildad que nos permita obedecer con la alegría propia de los cristianos.

Crodegango.






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