"Unidos en Cristo para Evangelizar"
05 de Febrero de 2021
Elogio de la virginidad y de la castidad
 


Dos virtudes tremendamente necesarias en nuestro mundo actual

Hoy viernes 5 de febrero se celebra la memoria de Santa Águeda, virgen y mártir.   Su existencia histórica no ha ofrecido dudas y tampoco su martirio, ocurrido en Catania (Italia), hace justamente 1770 años, el año 251. Los estudiosos de su vida han coincidido que estaba consagrada a Cristo en la virginidad.

Su infortunio humano (que la llevó al cielo por el camino del martirio), se debió a la obsesión del procónsul Quintianus, gobernador de la isla, que intentó conquistarla, sin éxito. Ante el rechazo de la joven, el gobernante se alió con una regenta de un prostíbulo para urdir un plan que llevara a Águeda a perder su pureza. Así, abusando del poder, la hizo conducir a la joven a una casa de mala vida, recluyéndola por un mes, pero sin lograr que quebrantara el juramento de virginidad y pureza que le había hecho a Dios. Cuenta la tradición que por más que lo intentaron no pudieron violentarla, ya que Águeda se defendió con uñas y dientes. Consumido en su obsesión, el cruel gobernante mandó a que la sometieran al tormento de los azotes, ordenando que quemaran los pechos y se los cortasen después con unas tenazas.

La impactante historia de esta joven da cuenta de la radicalidad y novedad del mensaje del cristianismo, demostrando la grandeza del papel de la mujer en la difusión del cristianismo.

Para los primeros cristianos no era extraño que una joven pudiera escoger permanecer virgen, como es el caso de la santa que recordamos hoy. Una opción así en el mundo antiguo era algo extraño (al igual que hoy), atendido que libertinaje sexual era algo normal (como hoy), los gustos disolutos formaban parte de lo ordinario de la existencia de muchos (como hoy).

Es un hecho que hoy no se quiere hablar de virginidad, menos todavía presentarla como una virtud. La explicación de esta actitud, entre varias posibles, radica en la ausencia de grandes ideales y en un paupérrimo concepto de libertad, que se ejercita por muchos con total ausencia de lo que Dios quiere.   

En su origen etimológico virginidad proviene del verbo latino vireo = estar verde, estar floreciente en toda su fuerza y vigor. Usando un símil, se trata de una planta que sigue siempre verde y dando frutos toda su vida, al no ser vencida ni extinguida por el excesivo calor que termina por marchitarla.

La virginidad no se debe confundir con la castidad. La castidad proviene del latín castitas, que significa honestidad, continencia, integridad de costumbres. A través de la castidad se logra moderar los deseos sexuales según la recta razón. El elemento formal de la virginidad es el propósito firme de perseverar en la abstención del placer venéreo, a fin de consagrarse a la contemplación de las cosas divinas, y en ello radica lo laudable de esta opción. La castidad, en cambio, regula el placer sexual según la recta razón. Es un hecho que la castidad tampoco goza actualmente de buena prensa; más bien todo lo contrario. Aunque no es la virtud más importante ni la más excelente, su vivencia es indispensable para conseguir la unión con Dios y llevar una vida espiritual plena, como la que nos muestra la ejemplar vida de Santa Águeda.

Tanto la castidad como la virginidad cristiana, para ser vividas correctamente, se debe fundamentar en la gracia de Dios y anclarla en motivos sobrenaturales: hay que entender que en el cuerpo humano habita la Santísima Trinidad.

La invitación a la conversión en este punto fue parte del Discurso de San Juan Pablo II a los jóvenes chilenos, cuando en el Estadio Nacional, el jueves 2 de abril de 1987, señaló:

En la experiencia de fe con el Señor, descubrid el rostro de quien por ser nuestro Maestro es el único que puede exigir totalmente, sin límites. Optad por Jesús y rechazad la idolatría del mundo, los ídolos que buscan seducir a la juventud. Sólo Dios es adorable. Sólo El merece vuestra entrega plena”.

“¿Verdad que queréis rechazar el ídolo de la riqueza, la codicia de tener, el consumismo, el dinero fácil?”

“¿Verdad que queréis rechazar el ídolo del poder, como dominio sobre los demás, en vez de la actitud de servicio fraterno, de la cual Jesús dio ejemplo?, ¿verdad?”

“¿Verdad que queréis rechazar el ídolo del sexo, del placer, que frena vuestros anhelos de seguimiento de Cristo por el camino de la cruz que lleva a la vida? El ídolo que puede destruir el amor”.

Es evidente que esto no resulta fácil en un mundo que exalta el sexo e instala ideas que son radicalmente contrarias. Sin embargo, la vida de la Iglesia Católica presenta una multitud de testimonios que revelan que ello es posible, como lo atestigua la santa que hoy recordamos.

Si queremos ser libres es necesario dar al sexo la ubicación que debe tener y enfrentar con la verdad cristiana las propuestas erradas que se han difundido. Primero, se debe erradicar la visión que reduce el sexo a una actuación de meros instintos, como es propio de los animales, que actúan de esa forma al carecer de libertad. Segundo. No es efectivo que la abstinencia del sexo sea causa de neurosis o conflictos interiores, o que el éxito matrimonial depende de relaciones previas entre los novios, entre otras justificaciones que solo destruyen el verdadero amor.

En el caso de Santa Águeda se ve como un sujeto obsesionado con el sexo, se encegueció hasta llevarla a una cruel muerte, por el simple hecho que ella nunca quiso consentir en sus desordenadas pasiones. Con perspectiva actual, la conducta del gobernador se aprecia en la violencia que a veces surge en los pololeos, por una mala compresión de la castidad. A lo anterior agreguemos que muchas de las depresiones, angustias o desequilibrios psicológicos juveniles provienen de opciones en las que no se ha sabido integrar correctamente la sexualidad, al considerarlo -como proclama la canción de Los Prisioneros-, “una cosa medieval”.

A los que han errado el camino en este tema y quieren retornar a Cristo deberían ser alentadoras las palabras de San Juan Crisóstomo (344-404), cuando al escribir sobre la castidad cristiana manifestaba:

“¿Has pecado? Entra en la Iglesia y cancela tu pecado. Cuantas veces caigas en la plaza, tantas te has levantado. Del mismo modo, cuantas peques, conviértete del pecado. No te desesperes si pecas otra vez, conviértete de nuevo, no sea que por negligencia pierdas completamente la esperanza de los bienes prometidos. Aunque te encontrases en la última vejez, si pecas, entra y conviértete. Pues la Iglesia es un hospital, no un juzgado; no te exige rendir cuentas por los pecados, sino que se te procura la remisión de los pecados. Di sólo a Dios tu pecado: Contra ti solo peque y cometí el mal ante ti, y te será perdonada la culpa”. (Juan Crisóstomo, La verdadera Conversión, homilía III).

Pidamos a Santa Águeda que nos ayude a seguir el camino de la entrega a Dios, valorando la libertad que nos da vivir la virginidad y la castidad.

Crodegango






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