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Jesús quiso inaugurar su Pasión, proyectando sobre ella una luz profética, anunciadora de su victoria. Es la razón de ser de su entrada mesiánica en la ciudad santa de Jerusalén con el susurro de las palmas y de las aclamaciones de la muchedumbre.
Si la Iglesia ha instituido la procesión de los ramos, o de las palmas, es para convocarnos a un homenaje triunfal a Cristo Rey. Quiere hacernos repetir los “hosanna” del monte de los Olivos. Detrás de la Cruz gloriosa y detrás del sacerdote, en quien se perpetúa la presencia de Cristo entre nosotros, la comunidad cristiana entra en la Iglesia, donde renovará la Cena Pascual. Este gesto de aclamar con los ramos en alto al Señor será la expresión de la esperanza de un pueblo, que sabe que marcha hacia la Jerusalén de arriba, cuyas puertas abrió Cristo en el día de su Ascensión al Cielo.
Las Paradojas o contradicciones
La multitud aclama con palmas a Jesús como quien recibe al Rey-Mesías, pocos días después dirá a una sola voz: “¡Crucifícalo!”
El que era recibido triunfalmente a la entrada de la ciudad, será luego condenado y derrotado, coronado de espinas y clavado en la cruz, para morir afuera de la ciudad.
Pedro le jurará fidelidad eterna y a las horas lo negará tres veces que lo conoce, para salvar el pellejo.
Jesús, que se sabía amado y cercano a su Padre Dios, le dirá desesperado: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
La vida entera de Jesús es un espejo de nuestra vida.
¿Quién no se ha sentido abandonado ante alguna situación penosa y difícil? ¿Quién no ha confundido lo que está bien con lo que le conviene? (Todo me es lícito, pero no todo es conveniente, dirá San Pablo).
En esta Semana Santa seremos testigos una vez más de la fuerza destructora del mal y la violencia, del daño que provoca el poder ejercido sin contrapesos, de la ambición desenfrenada (Judas) que lleva a la traición, del miedo que paraliza y hace tomar distancia ante una injusticia flagrante (Pedro).
Y al mismo tiempo de la fuerza redentora de una vida entregada por amor (Jesús).
Que estos días sean días de recogimiento y de reflexión, también de descanso y encuentro en familia.
¿A qué queremos darle más valor en nuestras vidas? Los invito a aprovechar de buena forma esta Semana Santa, a cuidar lo fundamental. Participar en lo que más puedan de los oficios y celebraciones, de los retiros, etc. Visitar a alguien solo o enfermo.
Jesús por fidelidad a su misión se presenta como servidor de la humanidad; ofrece su vida por amor y desde la muerte y el sufrimiento más brutal, es levantado para iluminar nuestra vida.
Abrámonos a la esperanza de que Dios conduce la historia y a nosotros en ella, aunque las paradojas presentes en la realidad no nos permitan ver hacia dónde nos llevan por ahora.
Les deseo una hermosa Semana Santa.
P. Juan Debesa Castro
Párroco