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Feliz Pascua de Resurrección. Estamos en la Octava de la Resurrección del Señor, es decir, es como un solo gran día que dura ocho días hasta el próximo domingo de Quasimodo y de la Misericordia de Dios.
En este gran día actuó el Señor, por eso sea nuestra alegría y nuestro gozo ¡Aleluya!
La Resurrección como promesa de plenitud para todos nosotros comporta un juicio, juicio de misericordia por parte del Señor.
Resurrección y juicio universales coinciden como un único e inseparable acontecimiento que deriva de un encuentro con el Señor.
Resurrección y juicio son dos momentos o dimensiones inseparables de un mismo encuentro, de un mismo hacerse presente o advertir a Jesucristo.
La resurrección es prometida al ser humano en cuanto es un cuerpo.
La Parusía o segunda venida del Señor al final de los tiempos es un estar presente, un venir, un llegar, un hacerse presente, un asistir. Es el llegar de algo o alguien. Es la venida gloriosa del Señor y conecta y coincide con el fin del mundo, con la resurrección universal y con el juicio. Comporta la plena instauración del Reino de Dios, el fin de la historia, la consumación de toda la realidad y la derrota definitiva de los poderes del pecado y de la muerte.
El retorno de Cristo es posible en el sentido de que expresa el cumplimiento definitivo de la resurrección de Cristo en nosotros, de nuestra participación en la situación del Resucitado, que es plenitud y cumplimiento final de todo el amor y la entrega total de sí mismos a Dios y a los hermanos.
La dimensión de “juicio”, de consumación y de espera alegre y del poder salvador de Dios se verificará de acuerdo al modo de actuar de cada uno en la vida (amar y servir) y fundamentará el juicio final. La piedra de tope es la persona de Jesús (cf. Mateo 25), lo que no hicisteis y lo que hicisteis, conmigo no lo hicieron o lo hicieron.
Al servir a los demás se salvan porque se relacionan a Jesús. La persona de Jesús es el fundamento de toda presencia del Reino de Dios.
El juicio, entonces, no es más que el hacerse manifiesto y develamiento de la actitud que hemos tenido en la vida ante Jesús.
Conclusión
La libertad personal es clave en todo esto. El ser humano puede autocondenarse o dejarse salvar.
La resurrección del cuerpo o de “la carne” refuerza el encuentro en libertad con el Señor. Cuerpo determina que la resurrección es de un yo y no comporta la disolución de ese yo. Cuerpo es el medio de comunicación que me abre a los demás. Como cuerpo me encuentro indisolublemente unido con Cristo.
Por esto es que es precisamente el cuerpo lo que será resucitado.
Dios que resucitó al Señor, también nos resucitará a nosotros (cf. 1 Corintios 6,15).
La resurrección de los cuerpos es un designio de vida propio a cada persona humana en concreto, que toca a cada individuo en su situación de sujeto histórico libre y circunstanciado. No es algo químico o abstracto de plenitud para la humanidad considerada en bloque.
No es preciso entender el cuerpo y la carne en sentido fisicoquímico como sucede cuando se confunden los conceptos de “cuerpo” y “cadáver”, sino en un sentido real y personal, en cuanto el cuerpo es una realidad esencial del ser histórico de cada persona humana.
Resurrección del cuerpo significa, entonces que toda la historia concreta de cada ser humano con todas sus relaciones se confronta con el designio de plenitud de vida que Dios nos ofrece.
Un teólogo alemán católico del siglo XIX dice:
“Dios ama algo más que las moléculas que forman parte del cuerpo en el momento de la muerte. Dios ama un cuerpo que se caracteriza por un infatigable esfuerzo y por la incesante nostalgia de una peregrinación en cuyo curso han ido quedando innumerables huellas…
Resurrección del cuerpo significa que nada de esto se ha perdido para Dios, porque Dios ama al ser humano. Él ha recogido todas las lágrimas, y no le ha pasado por alto ninguna sonrisa. Resurrección del cuerpo significa que el ser humano ante Dios no solo reencuentra su último instante, sino toda su historia”.
El cuerpo resucitado será “espiritual” dice San Pablo, es decir, será un cuerpo no más expuesto al pecado y sus secuelas, sino plenamente transformado por el espíritu de Jesús, el primer hombre que ya ha resucitado.
Decir que la resurrección de los cuerpos se debe entender en un sentido real-personal no es reducirla a una esperanza espiritualista y desmundanizada. Todo lo contrario, “real-personal” significa que el ser humano es comprendido como sujeto histórico concreto, circunstanciado, relacionado social y materialmente. Por eso, la esperanza en la resurrección de los muertos, como en el juicio universal, tiene una dimensión cósmico-material y comunitario-eclesial que son esenciales.
Lo que se espera es una resurrección de todos los seres humanos y de todo ser humano.
La muerte y resurrección de Jesús es “por nosotros” y no por individuos aislados. Asimismo, posibilita un encuentro comunitario y no privado con el Señor. La resurrección de los muertos no se refiere a cada ser humano separadamente de los demás, ni tampoco separado del cosmos, sino que comporta un designio de plenitud para todo el universo material.
La resurrección de los muertos es la promesa de Dios que concierne a todo el cosmos, a la humanidad como un todo, a la persona humana en la integridad de sus dimensiones. No es una esperanza privada o parcial.
Lo único excluido es el pecado y la muerte; nada de lo creado por Dios queda excluido de la fuerza transformadora que establece la resurrección de Jesús.
Esta es la promesa de resurrección de los muertos que nos propone San Pablo. Ante ello, el lenguaje, las representaciones y los conceptos de los que podamos servirnos quedan cortos:
“Lo que ojo nunca vio, ni oreja oyó ni hombre alguno ha imaginado, lo que Dios ha preparado para los que lo aman, nos lo ha revelado a nosotros por medio del Espíritu Santo”. (1 Corintios 2, 9).
Feliz Pascua.
Los bendice su párroco,
P. Juan Debesa C.
Les desea