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La fiesta de la Presentación del Señor, celebrada el 2 de febrero (40 días después de Navidad), conmemora cuando María y José llevaron a Jesús al Templo de Jerusalén para cumplir con la ley de Moisés, que decía que todo hijo primogénito varón debía ser presentado ante el Señor.
También conocida como la Candelaria por la bendición de velas (luz de las naciones), marca el encuentro con el anciano Simeón y con la profetisa Ana, siendo además la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.
El significado bíblico de esta fiesta está en cumplir la ley del primogénito, donde Jesús es reconocido por Simeón como “luz para iluminar a las naciones”.
La Candelaria simboliza a Cristo como luz del mundo. Antiguamente, esta fiesta era conocida como la Purificación de la Virgen María.
En Oriente, la celebración de esta fiesta se remonta al siglo IV, y desde el año 450 se denomina “Fiesta del Encuentro”, porque Jesús “encuentra” el Templo y sus sacerdotes, pero también a Simeón y Ana, figuras del pueblo de Dios. Hacia mediados del siglo V, la fiesta también se celebra en Roma. Con el tiempo, se añadió a esta fiesta la bendición de las velas, para recordar a Jesús.
Según la ley de Moisés, el primogénito varón era propiedad del Señor y estaba destinado al servicio del Templo. Cuando más tarde los descendientes de Leví, los levitas, se hicieron cargo del servicio del Templo, este requisito desapareció, pero el primogénito debía ser rescatado mediante una ofrenda para el mantenimiento del sacerdote.
El anciano Simeón, conducido por el Espíritu, fue al Templo; y por inspiración del Espíritu Santo reconoce a Jesús como el Esperado, la luz de las naciones.
Simeón bendice a los padres del niño, pero sus palabras se dirigen solo a la madre. El niño será un signo de contradicción: Jesús es la luz del mundo, pero será rechazado; Jesús será admirado y amado, pero será crucificado; morirá y resucitará. Un camino de contradicción que marcará el corazón de la Madre.
La profetisa Ana también llega al Templo. Por los detalles del evangelista, está claro que ella también es una mujer de Dios, anciana y viuda. Su condición de profetisa le permite ver lo que a otros les cuesta ver: la presencia de Dios. Sabe ir más allá de las apariencias y ve en el niño al Mesías esperado por el pueblo de Israel.
De Simeón y Ana se dice que eran “viejos”. Por lo general, los ancianos viven de recuerdos, de nostalgia por los tiempos pasados, mientras que los jóvenes viven de esperanzas, mirando al futuro. En este caso, nos encontramos ante dos personas mayores que, frente al Niño, miran al frente, esperan, se preguntan. Cantan a la alegría y a la esperanza. Detalles que nos hacen comprender lo jóvenes que son de corazón, porque es un corazón habitado por Dios y sus promesas, y Dios no defrauda.
En este pasaje evangélico de San Lucas 2,22-40, también nosotros estamos involucrados, porque los que aceptan vivir el Evangelio son y serán signos de contradicción. Tomar posición ante el Señor Jesús, Luz de los Gentiles, requiere valor; pero, ante todo, exige ser “de Dios”, como Simeón y Ana. También se necesita ser consciente de que no siempre tendremos todo claro, como les ocurrió a José y a María, que se quedaron asombrados ante lo que les dijeron los ancianos; sabemos que María “guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.
Nosotros hagamos lo mismo que María.
Los bendice su Párroco
P: Juan Debesa Castro.