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Siempre las despedidas tienen un sabor a nostalgia, a tristeza y a incertidumbre, con algo de inseguridad frente al futuro sin ese referente presente en la vida de las personas.
Algo parecido les pasa a los discípulos de Jesús cuando, en la Última Cena, Jesús pronuncia su discurso y testamento de despedida antes de ir a la Pasión, y ahora, en estos dos domingos que siguen, la Iglesia lo coloca en el contexto de su próxima Ascensión al Cielo.
Esa despedida ocurre en el Cenáculo, donde, en una amplia conversación, Jesús se despide de sus discípulos y les deja su testamento. La nostalgia surge entonces como un sentimiento cruel que aprieta la garganta. La ruta por la cual Jesús “va” será la que Pedro y todos los discípulos tendrán que recorrer mediante el “seguimiento” (“Me seguirás más tarde”; Jn 13,36). Pero, antes de hacerlo, el discípulo debe tener una visión clara y completa de la geografía espiritual que conduce hasta la meta de ese camino. Por eso, a la hora de la despedida, en medio de las lágrimas, tratando de aprovechar con intensidad los últimos instantes que les quedan juntos, las palabras de la despedida se van convirtiendo poco a poco en palabras de consolación.
Jesús les explica a sus amigos que no se separa de ellos para siempre, sino que su separación marca un giro importante en la vida del discipulado, no propiamente el fin, sino una manera nueva de seguir a Jesús, que tiene como finalidad nuevos lazos de amor más fuertes, profundos e indestructibles que los anteriores.
Jesús comienza con palabras fuertes: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí” (Jn 14,1). Esta turbación es la sensación previa a las lágrimas, es una conmoción profunda, viene del corazón. Es la sensación de que a uno, como que le quitan el piso, no tiene apoyo, como que se pierden los horizontes, todo se vuelve oscuro. Es una sensación desagradable; por eso tememos tanto la partida de los seres que amamos.
Santa Teresa de Ávila lo decía de una manera bellísima con relación a Dios: “Que yo sin ti me quedo, que tú sin mí te vas”. Es decir, seguir viviendo sin el amado es como morir. Por eso Jesús les ofrece un piso de confianza con el cual los discípulos deberán afrontar la separación.
Pidamos al Señor, que está con nosotros hasta el fin de los tiempos, que lo sepamos descubrir en lo más profundo de nosotros mismos, ya que Dios es más íntimo a nosotros que nosotros mismos.
Muy feliz domingo en el Señor Resucitado, que nos acompaña siempre.
Los bendice su párroco,
P. Juan Debesa C.