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En este mes de la solidaridad, la figura que se nos viene a la mente de inmediato es la del Padre Hurtado. Para conocerlo un poco más, les comparto un extracto de su vida y obra.
San Alberto Hurtado Cruchaga nació en la ciudad de Viña del Mar el 22 de enero de 1901. Su infancia estuvo marcada tempranamente por la experiencia de la pobreza. Cuando tenía apenas cuatro años, murió su padre y su madre debió vender todos los bienes familiares. La familia quedó en una situación económica compleja y tuvo que vivir en casas de parientes. Esta experiencia de inseguridad y falta de hogar marcaría profundamente su sensibilidad hacia las personas más pobres y, años después, sería una de las bases fundantes de su gran obra social.
Gracias a una beca, pudo estudiar en el Colegio San Ignacio de Alonso Ovalle, en Santiago. Desde joven manifestó una profunda vida cristiana y un particular interés por los más necesitados. Participaba en actividades de apostolado y visitaba barrios pobres, donde fue descubriendo que la fe no podía quedar reducida a la práctica religiosa, sino que debía traducirse en un servicio concreto al prójimo.
Terminado el colegio, ingresó a la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde estudió Derecho. Se tituló de abogado en 1923. Sin embargo, su verdadera vocación era el sacerdocio y la vida religiosa. Ese mismo año ingresó a la Compañía de Jesús. Realizó su formación en Argentina, España y Bélgica, donde estudió filosofía y teología. Recibió el orden sacerdotal en Lovaina, Bélgica, el 24 de agosto de 1933 y, posteriormente, obtuvo un doctorado en Pedagogía y Psicología.
En 1936 regresó a Chile y comenzó una intensa actividad apostólica. Se dedicó especialmente a la formación de jóvenes, ejerciendo como profesor y, posteriormente, como asesor de la Juventud Católica. Tenía una personalidad profundamente alegre, cercana y apasionada. Su predicación invitaba a los jóvenes a tomarse en serio el Evangelio y a descubrir que seguir a Cristo significaba comprometerse con la realidad concreta del país.
Pero su preocupación por la juventud estaba íntimamente unida a su preocupación por los trabajadores y los pobres. San Alberto Hurtado comprendió que la pobreza no podía enfrentarse solamente con acciones asistenciales: era necesario trabajar también por la dignidad de la persona, la justicia social y unas condiciones laborales más humanas. En 1947 fundó la Asociación Sindical Chilena, convencido de que los trabajadores debían organizarse y participar responsablemente en la construcción de una sociedad más justa. También escribió sobre la cuestión social y creó, en 1951, la revista Mensaje, destinada a difundir la doctrina social de la Iglesia y promover una reflexión cristiana sobre los problemas de Chile.
Sin embargo, la obra por la que San Alberto Hurtado es más conocido es el Hogar de Cristo. En 1944, profundamente impresionado por la cantidad de personas que vivían en las calles, especialmente niños, mujeres y ancianos, comenzó a movilizar a otras personas para responder a esta realidad. Su famosa camioneta verde se convirtió en un símbolo de su preocupación por quienes no tenían un hogar. No se trataba simplemente de entregar comida o un lugar donde dormir: quería que cada persona pudiera experimentar que tenía una dignidad y que era acogida como un verdadero hermano. Así nació el Hogar de Cristo, que posteriormente se transformaría en una gran obra social al servicio de los más vulnerables.
En el centro de toda su vida estaba una profunda convicción: en cada persona necesitada debía ser capaz de reconocer el rostro de Cristo. Para él, la caridad cristiana no era solamente compasión, sino una consecuencia directa de la fe. Por eso insistía en que la preocupación por los pobres debía comprometer toda la vida del cristiano y también transformar las estructuras sociales que generan exclusión y desigualdad.
San Alberto Hurtado murió en Santiago el 18 de agosto de 1952, a los 51 años, víctima de un cáncer. Su muerte no significó el término de su obra. Su testimonio continuó inspirando a miles de personas y sus obras siguieron creciendo. Fue beatificado por el papa Juan Pablo II en 1994 y canonizado por el papa Benedicto XVI el 23 de octubre de 2005, convirtiéndose en el segundo santo chileno.
La vida de San Alberto Hurtado puede resumirse, en una palabra: amor. Amor a Dios que se transforma en amor concreto al hermano, especialmente al que sufre. Su gran pregunta no fue solamente qué podemos sentir frente a la pobreza, sino qué estamos dispuestos a hacer ante ella. Por eso, su legado sigue siendo profundamente actual: nos recuerda que una fe auténticamente cristiana debe expresarse en la solidaridad, en la justicia, en la defensa de la dignidad humana y en la capacidad de reconocer a Cristo en cada persona.
Su vida nos deja, en definitiva, una invitación muy sencilla y exigente: no pasar de largo ante quien necesita de nosotros. San Alberto Hurtado entendió que servir al pobre era servir al mismo Cristo y dedicó su vida a hacer realidad esa convicción.
Diácono Cristián Valenzuela C.
Fuente de consulta: Jesuitas.org y Memoriachilena.gob.cl