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Domingo vigésimo tercero del Tiempo Ordinario, ciclo A
(Sábado 5 y domingo 6 de septiembre de 2026)
El principio de la corresponsabilidad alude a las actitudes que debe tomar todo miembro de la comunidad, y la comunidad misma, frente a la ineludible realidad del pecado que se hace presente en su seno.
Este principio se refiere a que nadie puede desentenderse de buscar activa y eficazmente el bien común de la comunidad y, por otro lado, las situaciones que afectan a un miembro de la comunidad no pueden dejar indiferentes o inactivos a los demás.
Detrás de este principio de corresponsabilidad está lo que San Pablo, en la segunda lectura, llama la “deuda del amor”, la caridad, que nos obliga a preocuparnos del bien y del crecimiento del otro. Es esencial al espíritu cristiano vivir con el centro de gravedad de la existencia situado fuera de nosotros.
Ahora bien, la corrección fraterna es posible dentro de una comunidad, en la que cada uno es miembro, es parte, se siente parte de, y en la que su presencia o ausencia es notoria.
Nada más distinto de la corrección fraterna que el “reto”. El reto es hijo de la ira y nieto del egoísmo, hermano de la violencia y padre del resentimiento y del rencor.
La corrección fraterna brota del amor y del interés por la persona que ha actuado mal y busca el bien de ella desinteresadamente.
Tres condiciones garantizan una corrección fraterna según el Evangelio:
Todo esto basado en la caridad que está sobre la verdad y en el NOPU (siglas que indican las cuatro condiciones para realizar la “corrección fraterna”: que sea Necesario, Oportuno, Posible y Útil hacerlo).
Cuando el otro no está presente, desaparece nuestra delicadeza y comentamos con los otros, lo escribimos en un chat, etc., menos con el involucrado.
Somos muy cuidadosos, a veces, para no incomodar al que se equivoca, y muy indiscretos para contar a otros su equivocación.
Es fácil corregir desde la superioridad; pero es muy difícil hacerlo desde la caridad. San Pablo dice que siempre consideremos superiores a los demás.
Es fácil convertir el error de alguien en su identidad: es un mentiroso, un egoísta, un corrupto, un infiel, etc. Una palabra y la persona queda encerrada en lo que hizo, catalogada, fichada.
Jesús nunca miró así a una persona. Donde los demás veían un publicano, Él vio a un Apóstol y Evangelista (Mateo), etc.
La corrección fraterna nace de negarse a reducir a una persona a su peor momento. Eso exige cercanía; la murmuración mantiene distancia; la caridad acerca; el chisme necesita espectadores; la verdad necesita encuentro y cercanía. Hablar de alguien es mucho más fácil que hablar con alguien.
Una conversación verdadera nos obliga a descubrir que no tenemos toda la razón y que lo que denunciamos en el otro también vive dentro de nosotros. Es el dilema de ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio ojo.
El Papa León XIV habla de “desarmar las palabras”. A veces se levantan las voces antes que las armas. Las redes sociales, a veces, con mucha liviandad y superficialidad, se convierten en amplificadores de palabras que hieren sin que nadie se haga responsable. La violencia y el no matar empiezan muchas veces con una frase dicha sin medir sus efectos o consecuencias. La paz también se construye así.
Pidamos al Señor la gracia de recuperar las conversaciones que nadie quiere tener, decir la verdad cuidando siempre la caridad, corregir sin humillar, cuidando lo que se dice y cómo se dice, poniendo siempre a la persona en el centro.
Los bendice su párroco,
P. Juan Debesa Castro.