"Unidos en Cristo para Evangelizar"
08 de Octubre de 2026
San Francisco de Asís (1182-1226)
 



Un santo que vivió el desprendimiento, la humildad, la pobreza y el amor al Evangelio

Queridos hermanos en el Señor:

Recién hemos terminado las celebraciones del 85.º aniversario parroquial con un simpático bingo muy concurrido y con una nutrida participación de feligreses, amigos y familiares.

Al finalizar este tiempo de memoria agradecida, la Iglesia nos ofrece en este mes de octubre varios modelos a seguir, como lo son los santos de la Iglesia.

Le toca ahora a San Francisco de Asís. Su fiesta celebra a un santo que parece representar un caso casi único entre los santos, no solo por sus estigmas (cuya memoria fue extendida a la Iglesia universal en 1669), sino, sobre todo, por su semejanza con Cristo, incluso en su vida exterior.

San Francisco murió la noche del 3 de octubre de 1226, en una choza de la Porciúncula, junto a Santa María de los Ángeles. Fue canonizado dos años más tarde por el papa Gregorio IX (1128) y proclamado patrono de Italia (junto con Santa Catalina de Siena) en 1939.

San Francisco nació en Asís en 1182, hijo de un rico comerciante de paños (Pedro Bernardone) y, después de llevar una juventud disipada y aventurera, participó a los veinte años en el primer período de largas guerras y turbulencias ciudadanas (contra Perugia, donde cayó prisionero). En la expedición a Puglia, con el ejército que luchaba por el Papa, se hizo enrolar como caballero; y desde Espoleto, tras un sueño misterioso que le invitaba a seguir al amo más bien que al siervo (Gualtieri de Brienne), volvió a Asís, donde, en la iglesia de San Damián (1206), sintió por tres veces la invitación del crucifijo “de ir a reparar su Iglesia, que estaba arruinándose por completo”. Por esto, renunciando a los bienes paternos, Francisco (a los veinticinco años) se consagró a Dios en presencia del obispo y del pueblo. El obispo lo recibió desnudo bajo su manto, después de haber entregado los vestidos a su padre.

En la primera fase de su nueva vida (1204-1209), fue buscando la voluntad de Dios, tras un período de existencia solitaria y errabunda con hábito eremítico (“el heraldo del gran rey”); finalmente, descubrió su vocación, después de escuchar en la iglesita de la Porciúncula (1209) un fragmento del Evangelio sobre la misión de los apóstoles (San Lucas 9,3-5), decidiéndose a abandonar todo por una predicación moral y penitencial. Así reunió en torno a sí el primer núcleo de la Orden de los Hermanos Menores. Los dos primeros hermanos (Bernardo de Quintavalle y Pedro Catanio) oyeron y siguieron el texto de Mateo 19,28. El papa Inocencio III dio la aprobación oral (1209) a la primera Regla.

En la segunda fase (1209-1224) de apostolado, Francisco anunció el Evangelio para todas las clases sociales (“Paz y Bien” es el lema) como pobre itinerante. Fue a Oriente, soñando con el martirio (1212). Intentó misionar en Marruecos, Egipto y Palestina, donde logró que lo escucharan los musulmanes (los moros habían martirizado a cinco religiosos en Marruecos).

En 1212, en la iglesia de la Porciúncula, fundó con santa Clara (a quien cortó sus rubios cabellos) la Orden de las Clarisas o Damas Pobres de San Damián. Vuelto a la patria (1220), tras un período de ausencia durante el cual se intentó atenuar la radicalidad de su Regla, preparó la segunda Regla, aprobada por el papa Honorio III, obteniendo que el cardenal Ugolino (el futuro Gregorio IX) se convirtiera en su protector. En 1223 celebró la Navidad en Greccio con un pesebre viviente, cantando el Evangelio (como diácono) y predicando.

En la última fase de su vida (1224-1226), con el cuerpo debilitado (casi ciego y con otras enfermedades), pero afinado el espíritu, hizo una experiencia de transformación mística sellada por los estigmas en el monte Alvernia (el 4 de septiembre de 1224). Herido de amor, compuso el Cántico de las criaturas (o Cántico del Sol); y poco antes de morir redactó un testamento conmovedor. Totalmente agotado, murió a la edad de cuarenta y cinco años, tendido desnudo en su Porciúncula, después de cantar el Salmo 141,2 (“A voces grito al Señor”). Antes de morir había cenado por última vez con sus hermanos, dando a cada uno un pedazo de pan (a imitación de la Última Cena). Su cuerpo, sepultado provisionalmente en la iglesia parroquial de San Jorge (hoy la basílica de Santa Clara), donde había iniciado la primera predicación evangélica, fue trasladado a la basílica inferior de Asís (1230) y redescubierto en 1818. Hoy se le sigue venerando ahí.

 

Los bendice su párroco, 
P. Juan Debesa C.


Dirección: Avenida Vitacura #7401, Comuna de Vitacura Teléfonos: (+56 2) 2242 2401   Mail: contacto@loscastanos.cl