"Unidos en Cristo para Evangelizar"
14 de Septiembre de 2022
Días de cosecha y muerte por inanición
 


Aunque la permanencia de la Iglesia está asegurada en las sagradas escrituras (Mt, 29 19.20), la falta de vocaciones sacerdotales es un asunto que nos debe preocupar muy seriamente.

Si se estimara que los días de ordenación sacerdotal en una diócesis son equivalente a los días de cosecha en el campo, los católicos en Chile estamos hace tiempo en riesgo de muerte por inanición. Algo estamos haciendo mal que no hay signos para revertir esta tendencia y da la impresión que hemos caído en un estado de abierta insensibilidad.

El Papa Benedicto XVI, en una homilía señalaba algo que no pierde vigencia: “Los Padres de la Iglesia dijeron una vez que la insensibilidad era el pecado propio de los paganos y su signo de distinción ¿No estamos nosotros en peligro de incurrir en esa insensibilidad, en esa falta de corazón? La religión se halla en retroceso y si no recapacitamos y somos realistas tenemos que admitir motivos para pedir que crezca, que se reconozca de nuevo su importancia, que de nuevo sea normal el respeto en lugar de la sorna ante lo sagrado, ante aquellos que es sagrado para el hombre; que se reconozca de nuevo la importancia de Dios y que volvamos a ser conscientes de que allí donde se excluye a Dios el hombre sufre” (“Por un cristianismo atractivo”, 1998, Obras Completas, T. XII, p. 541).

San Alberto Hurtado (1901-1952), en 1947, ya visualizaba que el más grave problema de nuestro país es el de la falta de vocaciones sacerdotales, al señalar que, “nuestra más grave crisis es crisis de fe, que se origina en gran parte en la falta de cultivo espiritual y se traduce luego en mayor escasez de sacerdotes que reanimen la vida interior”. Con palabras de exhortación concluía el santo: "en estas circunstancias ¿cómo puede existir vida cristiana en nuestro pueblo? ¿Cómo puede pedírseles que abandonen las supersticiones y vivan un cristianismo integral? La culpa de los errores y vicios de nuestro pueblo ¿de quién será?, ¿de las pobres ovejas que no han tenido nunca pastor o de los que pudiendo ser pastores han preferido sus comodidades al sacrificio del apostolado?" (Humanismo Social, Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Santiago, 2013, 266 páginas).

Como nadie ama lo que no conoce, seguramente son muchos los que por desconocer a Cristo ignoran la grandeza de la vocación sacerdotal. La falta de conocimiento acerca de esta radical forma de imitar a Nuestro Señor, que es el sacerdocio católico, no les ha permitido pedir luces al Espíritu Santo para discernir su vocación.

El sacerdocio en la Iglesia Católica es uno de los siete sacramentos. La recepción del mismo permite a ese varón participar del colegio de los Apóstoles en una línea de sucesión que llega a Jesús (Punto 1577 del Catecismo). Por esta razón, el sacerdocio no es algo equiparable a una profesión civil o militar, es mucho más que eso. No hay grado que se le equipare. Ninguna actividad humana es comparable a la del sacerdote. Como lo explica el Papa Benedicto XVI, “el sacerdocio según la fe católica es sacramento, es decir, no es algo que ella se haya inventado por motivos prácticos, sino algo que le ha sido dado por el Señor, y a lo que, por consiguiente, no se puede dar la forma que quiera, sino que solo puede transmitir con respetuosa fidelidad. Por tanto, tampoco queda al libre albedrío, a la propia decisión del sujeto, es decir, del posible receptor de la ordenación: es una cuestión que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia”. (“Límites de la autoridad eclesial”, Obras Completas, T. XII, p. 112).

El sacerdote debe dar testimonio de Cristo a los hombres. Su ministerio le asigna una gran responsabilidad social, pero no es un asistente social. Su labor trasciende el plano meramente material, al tener que guiar a las almas al cielo y darles de comer durante todo este camino a los fieles “el pan del cielo”, que nadie más les puede dar. Como lo explica Benedicto XVI, “lo hermoso en el sacerdote es que él puede hacer como actividad principal de su profesión lo que todos los demás propiamente tenemos que intentar: darnos luz unos a otros, hacer perceptible entre nosotros la proximidad de Dios” (“Enseñar y aprender el amor del Señor”, Obras Completas, T. XII, p. 753).

Un sacerdote nunca queda obsoleto, su vocación supera las limitaciones de cualquier profesión humana. Su perfeccionamiento es a través de la caridad cristiana, en la que siempre puede crecer.

El sacerdote es un mensajero de la paz. Ayuda a que los hombres se reconcilien con Dios a través del sacramento de la confesión y a partir de ello entre los hombres. El sacerdote es el que debe recordar, en todo momento, que lejos de Dios sólo hay oscuridad y muerte.

¿Qué estoy sembrando para revertir esta magra cosecha de vocaciones sacerdotales? ¿Asumo seriamente mi labor de sembrador en este asunto? ¿Rezo por este tema? 

Crodegango






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