"Unidos en Cristo para Evangelizar"
08 de Noviembre de 2022
Pensamiento hablado y el uso de las redes sociales
 


Se ha vuelto recurrente que personeros públicos pidan disculpas y borren del ciber espacio lo que han dicho en redes sociales, emitiendo comentarios destemplados o alentando hechos de los que después sienten vergüenza o arrepentimiento.

Lo anterior obliga a reflexionar sobre los efectos que están teniendo en nuestra vida cotidiana las formas de comunicación surgida de los cambios tecnológicos.

La incorporación de la técnica ha logrado transformar el mundo en muchos sentidos. En este caso, desde la revolución comenzada por el ingeniero informático inglés, Tim Berners-Lee, que en diciembre de 1990 inauguró la Word Wide Web (“La web”) todo cambió. A lo anterior se sumaría, en 1994, el primer smartphone o teléfono móvil con funciones que no eran propiamente de un teléfono. A estos logros se sumarían las “redes sociales”, que permiten que nuestros pensamientos y comportamientos queden expuestos para todo el mundo, desde que se incorporan al ciberespacio. Hoy todo lo que hacemos y pensamos lo podemos dar a conocer a nivel planetario a través de Twitter, Facebook, LinkedIn, YouTube, Tik Tok, Instagram, entre otros.

Para encauzar bien el uso de estos medios conviene examinar nuestra conciencia y determinar si estamos cometiendo excesos como comunicadores o receptores.

En primer lugar, si tenemos una suerte de ansiedad por estar comunicando al ciber espacio nuestro pensamiento y actuación nos podría estar moviendo la vanidad. Para verificar si este defecto nos domina consideremos la descripción que hace de ella San Juan Crisóstomo, cuando señala,  “la vanidad es como una embriaguez crónica: quien padece esa enfermedad del alma difícilmente logra restablecerse. Ese vicio ata a la tierra a sus víctimas, hurtándolas al cielo. No permite que alcen sus ojos a la verdadera luz, sino que los obliga a volverse cada vez más hacia el fango, sometiéndolos al poder de señores tan enérgicos que, sin darles órdenes siquiera los tiranizan. Pues quien se ha entregado a ese vicio, sin recibir ordenes de nadie, se apresura a cumplir todo aquellos que piensa pueda ser agradable a sus dueños (…)”. (Homilía sobre el Evangelio de San Juan, 3, punto 5, Madrid: Ciudad Nueva).

Puede existir vanidad si lo que buscamos exponer en las redes sociales es para que se nos considere como influyentes, atendido que valoramos nuestra opinión de manera excesiva. También se puede dar este defecto si tengo como meta lograr, a toda costa, el título de nobleza que emite esta sociedad mediática a través del apetecido grado de influencer.

En el mundo de los adolescentes, donde la vanidad es compañera de ruta permanente en esa etapa de desarrollo, el uso de las redes sociales está causando estragos. Las distinciones entre “seguidores” e “influyentes” marca profundas diferencias y estatus. Esto fomenta luchas enconadas que pueden enrarecer el ambiente y llegar a situaciones extremas de violencia mediática. El nivel de tiranía que genera esto entre los jóvenes está modificando la forma de relacionarse.

En segundo lugar, la excesiva utilización de las tecnologías de la comunicación pueden llevar a nuevas formas de esclavitud. El nivel de dependencia que puede provocar arriesga a que las personas queden en el “modo exhibicionista”. Para que no nos pase esto recordemos el sabio consejo ascético: “¡Huye del espectáculo!: que tu vida la conozca Dios, porque la santidad pasa inadvertida, aunque llena de eficacia” (San Josemaría, Surco 941).

El tercer lugar, estos medios han permitido nuevas formas de injusticia, al facilitar que se desate la “ira tecnológica”. Efectivamente, la facilidad que nos da para opinar nos expone a que se desaten las pasiones mediante ataques comunicacionales que se registran en el ciberespacio de los que luego puedo arrepentirme y querer eliminar. Es una obviedad, pero esta utilización iracunda de comunicación no es digna de una persona racional.

La solución cristiana a estos problemas proviene, entre otros medios, de practicar “el ayuno tecnológico”. Esto se logra mediante la radical opción de desconectarnos cuando no necesitamos estos medios de comunicación. Ese simple gesto, que supone una verdadera abnegación y templanza, nos puede ayudar a tener el tiempo de silencio y recogimiento que es necesario en nuestra vida para oír a Dios.

Pidamos a Santa María, que es Reina de la Paz, que nos ayude a utilizar cristianamente los medios de comunicación.

Crodegango






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