"Unidos en Cristo para Evangelizar"
17 de Enero de 2023
La esperanza cristiana y el mito de Sísifo
 


Dentro de la herencia cultural dejada por la mitología griega es famoso el mito de Sísifo (o de la repetición infinita). Los jueces de los muertos le dan a Sísifo un castigo ejemplar consistente en llevar un bloque de piedra rodando cuesta a arriba, hasta la cima de una alta colina y soltarlo cuesta abajo en la otra ladera.

Cada vez que Sísifo estaba a punto de llegar a la cima, el peso de la piedra lo obligaba a retroceder y debía volver, desde abajo, a intentar lo mismo.

La vida de Sísifo es la del hombre que no consigue sus objetivos. Que se propone hacer algo con sus fuerzas y no lo logra y debe intentarlo otra vez.

Esta imagen mitológica representa también una de las formas de vida que muchos han elegido en nuestra cultura neopagana, donde todo transcurre dentro de un curso temporal que concluye con la muerte. En esta forma vital -que en filosofía se llama existencialismo- la persona es un ser nunca acabado. Toda su existencia acontece en volver a subir la piedra pesada, una y otra vez, hasta que la muerte lo libere de tan dura realidad. Así, por ejemplo, se van sumando complejas experiencias sentimentales, que transcurren una tras otra, sin compromiso y estabilidad y en muchos casos, con un historial de varios dañados en el camino; se suceden también búsquedas de experiencias hedonistas en las que se cambia un goce material por otro.

En esta visión no hay fines trascendentes. El hombre cumpliría su objetivo sólo si es capaz de hacer rodar la piedra al otro lado de la ladera de la montaña, aunque sabe que los sucesos trágicos de la vida nunca se lo permitirán. Su existencia vital, en esta opción, está determinada siempre por el fracaso. 

Esta elección vital, tarde o temprano, termina con un “hombre doliente”, lleno de angustias, completamente agobiado por la sola existencia humana, al haberse convertido en un auténtico fracasado. La única forma de liberarse de tan pesada vida viene dada por el hecho biológico de la muerte. Como para el existencialista la muerte es el fin de todo (y luego de ello no hay nada) vive muchas veces obsesionado con este suceso.

El existencialista no deja espacio para lo espiritual y trascedente. No existe en él, la posibilidad de una experiencia religiosa, esto es, de un encuentro con Dios, especialmente, para poder arrepentirse de los pecados que lo agobian en lo más íntimo de su fuero interno. Si a lo anterior se agrega que vive en un medio cultural que alienta su visión filosófica, tener un encuentro con Dios, que se ha hecho hombre en Cristo, ni se lo plantea ni parece que le interese. Siempre estará más disponible para otras vivencias, aunque ellas no cambien el sentido trágico por el que ha elegido transitar y que transcurre, sabemos, en subir, una y otra vez, la pesada piedra a la cima de la montaña, pero fracasando siempre.

Como lo describe Frankl, “(…) la duda sobre el sentido de la vida, la desesperación de una persona por la aparente falta de sentido de su vida no es ya una enfermedad, sino una posibilidad esencial del ser humano. El hombre víctima de dudas o de desesperación acudía antes al director espiritual; pero hoy acude al psiquiatra del que demanda de consejo y ayuda (…). (Frankl, Viktor, El hombre doliente, Herder, 2020, p. 51). Este diagnóstico coincide con el Chile actual, donde los trastornos mentales indican cifras alarmantes. La ansiedad y la depresión son casi una condición permanente en un alto porcentaje de la población. Esto coincide con que el Estado de Chile ha debido poder en marcha el Plan de Acción en Salud Mental 2019-2025, cuyo objetivo es “mejorar la salud mental y la calidad de vida de las personas, familias y comunidades, mediante estrategias sectoriales e intersectoriales, comunitarias y participativas, para promover el bienestar, disminuir la prevalencia de problemas de salud mental, prevenir las enfermedades mentales y brindar atención de calidad de salud mental e inclusión social”.

La vida auténticamente cristiana, en cambio, no coincide con lo que revela el mito de Sísifo. El cristiano sabe que la vida es lucha. Sabe también que Dios le habla y que actúa en su vida para ayudar a cargar una cruz que puede ser tan pesada como la piedra de la mitología indicada. La asistencia divina -que se llama gracia- lo hará llegar a la cima, logrando el premio de la santidad personal, que debe ser el fin y objetivo de todo cristiano. El cristiano sabe que con sus solas fuerzas no se puede hacer nada y que necesita de Dios.

La diferencia entre el mito griego de Sísifo y el camino de los cristianos lo explica la Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, al enseñar que: 

“Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del pecado, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en la salvación perdida por el pecado. Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse a Él con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte. Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en sólidos argumentos, responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera”.

Pidamos a la Virgen María, Reina de la esperanza, que nos ayude a invitar a muchos al seguimiento de Cristo, que es el camino, la verdad y la vida.

Crodegango






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