"Unidos en Cristo para Evangelizar"
18 de Mayo de 2023
“Conócete a ti mismo” y vocación sacerdotal
 


Una herencia de la filosofía griega está en la máxima: “conócete a ti mismo”.

El Papa Pablo VI, explicaba que en esta frase contiene la expresión más completa y elevada en la conciencia moral, por ser un aspecto esencial y decisivo del desarrollo de la personalidad humana. Esta forma de conciencia, indicaba el Papa, nos ayuda a descubrir "principios innatos relativos a la acción humana, que van más allá de los límites de la esfera subjetiva, y se vuelven hacia el origen de la actividad consciente: tienden a la relación propia del ser humano, con el Absoluto, a la relación con Dios, es decir, la conciencia moral se mide con la relación del Bien y del Mal; conduce al hombre a su origen y a su fin, y da al espíritu el sentido, que luego será juicio, de su trascendente responsabilidad (…)" (Pablo VI, Audiencia General, 1977).


En la vida cristiana la riqueza de este consejo se traduce en una norma de piedad tan necesaria como el agua, el examen de conciencia. A través de esta buena práctica podemos hacer un balance de nuestra actuación frente a Dios, con dos preguntas simples: ¿Qué he hecho bien? ¿Qué he hecho mal? A partir de ello podemos sacar propósitos concretos en la lucha por la santidad a la que todos estamos invitados.


En el examen de conciencia es el Espíritu Santo el que nos ayuda a ver qué cosas debo cambiar o que debo hacer frente a tal o cual cosa que Dios me sugiere.


De manera particular, es bueno detenerse en los elementos que pueden estar presentes para discernir una vocación sacerdotal. Lo primero es saber que la vocación sacerdotal es una llamada de Jesús a seguirlo. No todos están llamados al sacerdocio. Lo relevante es que los que sí son llamados tengan docilidad al Espíritu Santo para que sigan por ese camino (Mayores elementos para la reflexión, en Vial, Wenceslao, El Sacerdote, psicología de una vocación, Madrid: Palabra, 2020).
Lo segundo, es tomar conciencia que están presentes las condiciones necesarias para ello.


El Papa Pío XI, en 1935, en la Encíclica Ad catholici sacerdotii, reconociendo las dificultades que los responsables de los seminarios tienen para asegurarse de si un joven tiene o no verdadera vocación sacerdotal, da una pauta que puede ayudar en esto, cuando señala que: “(…) más que en un sentimiento del corazón, o en una sensible atracción, que a veces puede faltar o dejar de sentirse, se revela en la rectitud de intención del aspirante al sacerdocio, unida a aquel conjunto de dotes físicas, intelectuales y morales que le hacen idóneo para tal estado. Quien aspira al sacerdocio sólo por el noble fin de consagrarse al servicio de Dios y a la salvación de las almas, y juntamente tiene, o al menos procura seriamente conseguir, una sólida piedad, una pureza de vida a toda prueba y una ciencia suficiente en el sentido que ya antes hemos expuesto, este tal da pruebas de haber sido llamado por Dios al estado sacerdotal. Quien, por lo contrario, movido quizá por padres mal aconsejados, quisiere abrazar tal estado con miras de ventajas temporales y terrenas que espera encontrar en el sacerdocio (como sucedía con más frecuencia en tiempos pasados); quien es habitualmente refractario a la obediencia y a la disciplina, poco inclinado a la piedad, poco amante del trabajo y poco celoso del bien de las almas; especialmente quien es inclinado a la sensualidad y, aun con larga experiencia, no ha dado pruebas de saber dominarla; quien no tiene aptitud para el estudio, de modo que se juzga que no ha de ser capaz de seguir con bastante satisfacción los cursos prescritos; todos estos no han nacido para sacerdotes, y el dejarlos ir adelante, casi hasta los umbrales mismos del santuario, les hace cada vez más difícil el volver atrás, y quizá les mueva a atravesarlos por respeto humano, sin vocación ni espíritu sacerdotal”.


Como lo precisa la Encíclica citada, entre todos los medios que se pueden emplear para conseguir buenos y santos sacerdotes, “el más fácil y a la vez el más eficaz y asequible a todos (y que, por lo tanto, todos deben emplear) es la oración, según el mandato de Jesucristo mismo: «La mies es mucha, mas los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies»”.


Sigamos rezando en este mes de las vocaciones con esperanza cristiana al dueño de la mies para que envíe operarios. 


Crodegango

 






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