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Un tema complejo de resolver es el de la emigración.
El problema no es nuevo en la historia del hombre. Solo cambia la causa que lo genera: persecuciones religiosas, guerras civiles, hambrunas desatadas, desastres naturales explican esta dolorosa situación. No olvidemos que la Sagrada Familia debió huir a Egipto antes de volver e instalarse en Nazaret. Se estima que estuvieron cinco años en esta condición.
Al comienzo de la guerra de Ucrania, miles huyeron a Polonia. En Europa, en Bulgaria se cuentan por millones los que salieron de ese país en busca de un mejor destino, después de la ruina en que los dejó el comunismo.
En nuestra América, la situación de Venezuela es cada vez más dramática. El rotundo fracaso del fallido experimento del “socialismo del Siglo XXI”, sumado a la instalación de una férrea dictadura que se hizo del poder con malas artes, hace prever que seguirá el éxodo de venezolanos a otros países, como ha sido una constante en Chile en el último tiempo.
Nadie puede discutir que existe el legítimo derecho de todo Estado a controlar los flujos migratorios, para evitar los problemas que estos movimientos introducen en materia de salud, educación, mercado laboral, seguridad ciudadana, etc., cuando no son controlados. De manera particular, también es legítimo y necesario no aceptar el ingreso e incluso repatriar a los antisociales extranjeros que vienen a delinquir.
Lamentablemente, la solución de esta realidad se hace más compleja cuando se politiza su análisis. Un examen desapasionado revela que no todos los migrantes son delincuentes. Muchos de ellos son gente honesta y trabajadora que busca una oportunidad. Chile no habría logrado su solidez institucional si no hubiese vivido entre nosotros Andrés Bello, venezolano ilustre y sabio que nos legó el Código Civil, pieza que articuló el orden jurídico nacional.
En cualquier análisis tampoco se puede soslayar que la gran mayoría de los que deciden abandonar su tierra natal lo hacen para buscar nuevos horizontes de dignidad, paz y seguridad. ¿Qué haríamos nosotros si estuviéramos en la misma condición de los que emigran?
Puede ayudar a examinar este tema las palabras del papa León XIV en su primer documento magisterial, la exhortación apostólica sobre los pobres titulada Dilexi te, donde señala:
“107. La pregunta se vuelve urgente, porque nos ayuda a darnos cuenta de una grave falta en nuestras sociedades y también en nuestras comunidades cristianas. El hecho es que muchas formas de indiferencia que hoy encontramos «son signos de un estilo de vida generalizado, que se manifiesta de diversas maneras, quizás más sutiles». Además, como todos estamos muy concentrados en nuestras propias necesidades, ver a alguien sufriendo nos molesta, nos perturba, porque no queremos perder nuestro tiempo por culpa de los problemas ajenos. Estos son síntomas de una sociedad enferma, porque busca construirse de espaldas al dolor. Mejor no caer en esa miseria. Miremos el modelo del buen samaritano». Las últimas palabras de la parábola evangélica —«Ve, y procede tú de la misma manera» (Lc 10,37)— son un mandamiento que un cristiano debe oír resonar cada día en su corazón”.
“108. En una época particularmente difícil para la Iglesia de Roma, cuando las instituciones imperiales estaban colapsando bajo la presión de los bárbaros, san Gregorio Magno amonestaba a sus fieles de este modo: «Todos los días, si lo buscamos, hallamos a Lázaro, y, aunque no lo busquemos, le tenemos a la vista. Ved que a todas horas se presentan los pobres y que ahora nos piden ellos, que luego vendrán como intercesores nuestros. [...] No perdáis el tiempo de la misericordia; no hagáis caso omiso de los remedios que habéis recibido». No sin valentía, él desafiaba los prejuicios generalizados hacia los pobres, como los de quienes los consideraban responsables de su propia miseria: «Cuando veis que algunos pobres hacen algunas cosas reprensibles, no los despreciéis, no desconfiéis, porque tal vez la fragua de la pobreza purifica el exceso de alguna maldad pequeñísima que los mancha». No pocas veces, la riqueza nos vuelve ciegos, hasta el punto de pensar que nuestra felicidad solo puede realizarse si logramos prescindir de los demás. En esto, los pobres pueden ser para nosotros como maestros silenciosos, devolviendo nuestro orgullo y arrogancia a una justa humildad”.
Pidamos a la Sagrada Familia que nos ayude a que no se endurezca nuestro corazón con nuestros hermanos inmigrantes y salgamos en su ayuda, al menos con oraciones.