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Gran revuelo ha causado un festival de cine en el que se promovía la pornografía. Lo sucedido en el referido evento no es un hecho aislado. Se trata de patrones de conducta que cada cierto tiempo afloran en diversos ámbitos.
Para entender este problema conviene recordar que todo esto son los efectos de una revolución cultural comenzada en la década de los sesenta del siglo pasado, que banalizó la sexualidad humana para dar rienda suelta al hedonismo.
Conviene darnos un baño de realismo y reconocer que las pautas sobre el comportamiento sexual son dictadas hace tiempo por los hijos de la revuelta triunfante. Ellos tienen carta blanca para promover todo tipo de acciones que presentan como de “liberación sexual”, donde la permisividad y la promoción de conductas laxas es lo que prima.
Cualquiera que se oponga a la cultura imperante es visto como promotor de un puritanismo inaceptable. Pensar que alguien puede prohibir o indicar que se hace algo indebido con esta forma de concebir la sexualidad, es una quimera. La posibilidad de discutir moralmente sobre el asunto, una utopía digna del Quijote. Proponer formas de censura para que alguien advierta de buena fe que se trata de exhibir un material que destruye o corrompe especialmente a niños o adolescentes, resulta anacrónico.
Este ambiente explica la parálisis moral que se ha instalado en muchos para condenar lo dañino que resulta promover la pornografía, desenfocando el problema a un nivel absurdo, como es pensar que el asunto se limita a discutir sobre la forma de hacer las asignaciones de recursos públicos.
La bandera de la libertad sexual ha sido tomada transversalmente como un campo para la acción política y electoral. Los que antes llamaban a la revolución, para invitar a sumarse a movimientos que buscaban liberar a los oprimidos de las injusticias sociales, hoy se aseguran más seguidores proclamando la liberación sexual. El joven revolucionario de hoy no quiere tomar el fusil (algo que es muy bueno), ya que ha cambiado ese instrumento de lucha por un set de anticonceptivos que se le garantiza mediante la gaseosa fórmula de los “derechos sexuales y reproductivos”, en los que obviamente se incluye el derecho a abortar. La disidencia de hoy es la sexual, para reclamar como admisibles todas las expresiones de lo que irracionalmente se estima como diferentes manifestaciones de amor, aunque ellas lleven a conductas depravadas o indignas de un ser humano. De proclamar la admisión de todas las formas de lucha hemos pasado a promover todas las formas de sexualidad que la inventiva humana pueda inventar.
En el caso de los políticos liberales, su simplona regla de que “cada uno decide” es muy poco lo que pueden aportar. Su deficiente antropología siempre termina por tratar de superar las propuestas de sus contrincantes políticos, en esta disputa sin tregua por sumar adeptos a la cultura de lo laxo.
Como católicos, estamos llamados a evangelizar para que se recupere el sentido del auténtico amor humano. Las provocaciones que provienen de la mentalidad imperante y del ambiente cultural vigente no deben desanimarnos. Dios no pierde batallas. Como lo recuerda un lúcido documento: “(…) los cristianos, desde la primera evangelización, han tenido que enfrentarse a retos similares del hedonismo materialista. «Nuestra civilización, aun teniendo tantos aspectos positivos a nivel material y cultural, debería darse cuenta de que, desde diversos puntos de vista, es una civilización enferma, que produce profundas alteraciones en el hombre. ¿Por qué sucede esto? La razón está en el hecho de que nuestra sociedad se ha alejado de la plena verdad sobre el hombre, de la verdad sobre lo que el hombre y la mujer son como personas. Por consiguiente, no sabe comprender adecuadamente lo que son verdaderamente la entrega de las personas en el matrimonio, el amor responsable al servicio de la paternidad y la maternidad, la auténtica grandeza de la generación y la educación»”. (Sexualidad Humana, Pontificio Consejo para la Familia, 1995).
Aprovechemos el tiempo de Cuaresma que se acerca para rezar con más vigor, para que se entienda correctamente la sexualidad humana.
Autor: Crodegango