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En nuestro medio se ha instalado la idea que anuncia la consolidación de un pluralismo cultural que ha normalizado o aceptado las diversas formas de vida familiar, la diversidad sexual y de género, la ironía frente a las creencias religiosas, el empleo del lenguaje callejero o los términos y palabras hasta hace poco considerados procaces o cuarteleros, y de formas artísticas que hace apenas unas décadas pudieron ser ejemplo de lo que entonces se consideraba ordinario y de mal gusto, son hoy celebrados y premiados.
Lo anterior se estima como el triunfo de los ideales liberales que se han infiltrado por todos los intersticios de la cultura, logrando un triunfo en una batalla cultural que no coincide con la visión cristiana. Para esta visión, de evidente aire triunfalista, la diversidad de propuestas es lo que corresponde a una sociedad abierta y plural, que reconoce amplios ámbitos de autonomía personal y sexual, formas culturales y diversas formas de vida.
La constatación de la realidad anterior, como hecho social, es una realidad indiscutida. Tema diferente es la corrección que tienen varias de esas manifestaciones, para dar por sentado con un fanatismo intolerante que todas ellas son válidas.
Si la cultura es el conjunto de modos de vida, conocimientos y grados de desarrollo artístico, científico e industrial en una época, grupo social, etc., es evidente que no todas son adecuadas. Algunas de ellas son decadentes, ordinarias, indignas e incluso demenciales. El surgimiento de muchas de estas manifestaciones proviene del ejercicio de una libertad mal entendida, en la que el buenismo ha llevado a que se presente como un logro cultural lo que en muchos casos no es más que auténtica decadencia.
El ideólogo liberal, esclavo de sus consignas, jamás tendrá la fortaleza para decir con franqueza que lo que se intenta en muchos casos presentar como un logro cultural es francamente una tontería, una necedad o que se trata de algo desprovisto de belleza y hermosura por tener un carácter horrendo, atendido que causa desagrado o aversión. Basta recordar que algunos pueblos prehispánicos practicaban el sacrificio ritual de doncellas, pero no por ello esa conducta era algo digno y deseable de mantener. En el circo romano, al que no asistían los cristianos coherentes, se veían actos de brutalidad que nadie podría hoy justificar por su inhumanidad.
En muchos casos estos discutibles logros culturales se defienden a través de eslóganes liberales, sin reparar que provienen de personas afectadas por cuadros clínicos, en los que se busca singularizarse mediante manifestaciones estrambóticas, sólo para ser considerados como seres únicos o irrepetibles. El reciente surgimiento del fenómeno de los therians es un buen ejemplo de estupidez humana que debe sonrojar a cualquiera. Si esa opción fuera coherente con la realidad, lo primero es que ese joven cambie su régimen alimenticio para pasar a nutrirse, en lo sucesivo, con Whiskas, según haya optado por tener una sensibilidad canina o felina.
Los cristianos deben discernir siempre qué manifestaciones culturales no son compatibles con nuestra fe. No tenemos la obligación de aceptar las que nos empobrecen humanamente. Por el contrario, tenemos el legítimo derecho a tratar de erradicarlas, como se hizo históricamente con las peleas de gladiadores del circo romano.
Hay épocas donde resulta más difícil alcanzar la belleza, atendido que las diferentes expresiones artísticas, que deberían elevar el espíritu a través de la literatura, el teatro, las obras de arte, el cine, la música, etc., están opacadas por propuestas que, por alejarse de lo bello, no permiten la trascendencia o acercamiento a Dios.
Dicho de otro modo, que una persona sea educada para apreciar y buscar lo bello que hay en la creación es un bien deseable que le ayuda a evitar que su conciencia moral se degrade y pierda su libertad. Los católicos tenemos el deber de fomentar todas las expresiones del arte que eleven el espíritu.
Como no se puede vivir sin la belleza, tenemos que esforzarnos por generar las condiciones para que las manifestaciones culturales no deshumanicen. Aunque existen muchas excepciones, el culto por la fealdad termina siendo un impedimento para que nuestros jóvenes descubran a Dios en todo lo bello que existe en la creación. El que opta por lo feo elige un camino que no conduce a Dios, nuestro Creador.
Sigue siendo válida la observación de San Cipriano cuando, en la conocida Carta a Donato, se queja de la corrupción de los espectáculos que fomentan lo obsceno y los vicios, porque al exponerse a ellos se “despierta los sentidos, enciende la pasión, vence hasta la más recia conciencia de un corazón bueno” (p. 123).
Como se puede apreciar, la batalla cultural que hemos dado por siglos no ha concluido.
Crodegango