"Unidos en Cristo para Evangelizar"
13 de Enero de 2026
La encuesta CASEN y el problema moral de la pobreza
 


Materia de preocupación y de ocupación de los católicos desde los primeros días

Se acaba de publicar la última Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (CASEN) 2024. Como suele ocurrir con estas mediciones, su interpretación se hace, por varios, desde la trinchera política, lo que es entendible en un sistema democrático que garantiza la libertad de opinión.

Para lo que aquí importa, es un dato irrefutable que en nuestra patria existe un grupo humano que vive en la pobreza, planteando un desafío que, como cristianos, no podemos eludir.

Para los católicos, el tema de la pobreza ha sido una materia de preocupación y de ocupación desde los primeros días. En el plano espiritual, esto ha llevado a ásperas discusiones pauperistas e incluso a herejías (como la de los cátaros), en las que no han faltado críticas a la forma como la Iglesia ha vivido la pobreza. Estos debates tratan del problema ascético que puede generar la administración de los bienes como obstáculo para llegar al Reino de los Cielos. En este punto, no hay duda de que tenemos siempre que dar una lucha personal para combatir el riesgo de aburguesamiento que nos puede llevar a amar más el dinero que a Dios.

Dicho de otra forma, el problema de la pobreza que mide la CASEN no dice relación con la dimensión ascética del tema. Por el contrario, lo que hace es informar sobre la condición de miseria en que viven muchos compatriotas. Para ellos, la pobreza proviene de haber optado por seguir el consejo evangélico de vivir esa condición, sino que se encuentran en una situación que no es justa ni tolerable moralmente, al menos para quienes no tienen el corazón endurecido por el egoísmo y se sienten interpelados a generar las condiciones para erradicar o aminorar la situación de quienes viven en esa condición.

Entre las varias causas que se deben considerar, una de ellas dice relación con la forma como se organiza el sistema productivo. Como lo señala la Encuesta CASEN, una causa generadora de pobreza es la falta de educación. La carencia de formación elemental genera un círculo vicioso: sin educación, la posibilidad de acceder a un trabajo digno se hace muy difícil, cuando no imposible.

En esta materia, es una visión equivocada estimar que la generación de riqueza es algo malo. Sin bienes que repartir, y demonizando a quienes tienen los dones y la capacidad de generar lícitamente bienes, todos terminan empobrecidos. Esto ha sido demostrado en los países que, por adoptar las premisas del marxismo, organizan su sistema económico y las relaciones laborales de una manera que, inevitablemente, los lleva a la incapacidad absoluta para sacar a la gente de la pobreza.

Como lo advertía san Juan Pablo II en su encíclica dedicada al trabajo humano: “El programa marxista, basado en la filosofía de Marx y de Engels, ve en la lucha de clases la única vía para eliminar las injusticias de clase existentes en la sociedad y las clases mismas. La realización de este programa antepone la «colectivización» de los medios de producción, a fin de que, a través del traspaso de estos medios de los privados a la colectividad, el trabajo humano quede preservado de la explotación” (Laborem Exercens, n. 11).

Sin recursos, ni las iniciativas particulares ni las estatales pueden lograr educar de una manera que enfrente la marginación en el trabajo humano, a la que hoy están condenados muchos que viven en condición de pobreza.

Es un imperativo racional no contraponer el trabajo al capital ni el capital al trabajo. En este nexo, por cierto, juega un rol importante el “salario justo”. Todo sistema socioeconómico debe llevar, en su correcto funcionamiento, a remunerar de manera equitativa el trabajo humano como vía concreta para entregar los medios que permitan salir de la marginalidad, ello sin perjuicio de la asistencia privada o estatal que es necesario ejecutar en esta realidad (subsidios, salud, pensiones de asistencia, etc.).

Por último, para no reducir este tema a una lectura economicista, recordemos lo que dice el Concilio Vaticano II: «Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva, o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que, con el sometimiento de todas las cosas al hombre, sea admirable el nombre de Dios en el mundo» (Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes, 34).

Pidamos a Santa María que nos ayude a usar nuestra inteligencia para generar medios que combatan efectivamente la pobreza.






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