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Como se explicaba en la columna anterior, el Papa León XIV nos ha exhortado a volver al Concilio Vaticano II, a través de la lectura directa de sus documentos (Consúltalos haciendo clic aquí).
Un tema obviamente abordado por el Concilio en todos sus documentos es el de la Iglesia. De manera particular, hay uno de ellos que se dedica directamente a este asunto: la Constitución Dogmática Lumen Gentium.
En Lumen Gentium la Iglesia declara su misterio, su origen, su estructura y su misión.
La lectura de este documento da luces sobre lo que es la Iglesia, para no caer en la confusión de muchos que la asimilan a una ONG, partidos políticos, etc. La Iglesia es inseparable de Cristo, que es la luz de los pueblos.
Si consultamos este texto, podremos advertir la profundidad que tiene la advertencia que hizo reiteradamente el Papa Francisco. Si no entendemos qué es la Iglesia y para qué la fundó Cristo, podemos caer en un activismo que confirma lo que les sucede a varios, que la confunden con una organización no gubernamental de carácter internacional. Si no explicamos bien esto, nuestro apostolado será infecundo, al ocultar que el fin de la Iglesia es sobrenatural.
El objetivo de este documento no pierde vigencia, atendido que su propósito era “presentar a sus fieles y a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal, abundando en la doctrina de los concilios precedentes. Las condiciones de nuestra época hacen más urgente este deber de la Iglesia, a saber, el que todos los hombres, que hoy están más íntimamente unidos por múltiples vínculos sociales, técnicos y culturales, consigan también la unidad completa” (Nº 1 LG).
Ahorra mayores explicaciones el punto Nº 8 de este documento cuando señala:
“8. Cristo, el único Mediador, instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y caridad, como un todo visible, comunicando mediante ella la verdad y la gracia a todos. Mas la sociedad provista de sus órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo, la asamblea visible y la comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia enriquecida con los bienes celestiales, no deben ser consideradas como dos cosas distintas, sino que más bien forman una realidad compleja que está integrada de un elemento humano y otro divino”.
“La Iglesia «va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios», anunciando la cruz del Señor hasta que venga (cf. 1 Co 11,26). Está fortalecida con la virtud del Señor resucitado para triunfar con paciencia y caridad sobre sus aflicciones y dificultades, tanto internas como externas, y revelar al mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras, hasta que se manifieste en todo su esplendor al final de los tiempos”.
Este documento conciliar no hace más que recordar algo que ya enseñaba san Cipriano, obispo de Cartago, donde expuso una sentencia que ha pasado a la posteridad: “No puede ya tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por madre” (N. 6).
La Iglesia es el instrumento previsto por Cristo para “la redención universal” (LG).
La Iglesia ha pasado durante toda su historia por muchas pruebas. Nadie puede discutir que actualmente nos encontramos en una de ellas, que se aprecia en la crisis de vocaciones sacerdotales.
Pidamos al Espíritu Santo que nos dé luces para defender y amar cada día más a la Iglesia, que sabemos es una, santa, católica y apostólica.
Autor: Crodegango