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La historia del cristianismo se ha caracterizado por una lucha constante por evitar que diferentes corrientes filosóficas puedan alterar el genuino sentido del mensaje cristiano. Lo anterior está ocurriendo hoy con una vieja filosofía nacida en Grecia, el estoicismo, que se ha vuelto a poner de moda en algunos ambientes.
A primera vista, la propuesta estoica es atractiva para personas que viven en permanente tensión y agobiadas por una vida agitada. La oferta que hace es simple: siga un conjunto de prácticas de autocontrol que lo harán más resiliente, feliz, virtuoso y sabio.
En el Diccionario de la Real Academia Española, estoico (o estoica) es un adjetivo que describe a una persona fuerte, ecuánime e indiferente ante la desgracia, el dolor o el placer. También define a alguien perteneciente o relativo al estoicismo, una doctrina filosófica que aboga por el dominio de las pasiones y la aceptación del destino.
Como lo sintetiza uno de sus principales promotores: “la tarea principal en la vida es simplemente esta: identificar y separar las cosas para poder discernir con claridad cuáles son externas, ajenas a mi control, y cuáles dependen de las decisiones que sí controlo. ¿Dónde, entonces, busco el bien y el mal? No en factores externos incontrolables, sino dentro de mí mismo, en mis propias decisiones…” (Epicteto).
El estoicismo está concebido como una práctica de autocontrol. El estoico debe lograr controlar sus emociones, para evitar que su vida sea perturbada por aquellas cosas que no controla.
El Evangelio de Jesucristo trajo una nueva forma de vivir la vida. El estilo de vida de los cristianos era diferente al de los estoicos. San Agustín criticó al estoicismo porque su ética de la virtud caía en la autosuficiencia, al depender de la propia voluntad del sujeto.
El cristianismo no es un sistema de autocontrol personal; es la religión donde la felicidad depende de la gracia divina. Esta nueva religión que irrumpió en el mundo pagano invitaba a una forma de vida fundada en la caridad, que es el amor a Dios.
El estoico —si efectivamente logra su objetivo— inevitablemente caerá en el orgullo de pensar que ha llegado a la felicidad con sus propios recursos de autocontrol. Por lo mismo, la filosofía estoica es otra forma más de ateísmo práctico que reniega de la presencia de Dios en la vida del hombre.
En el cristianismo la felicidad depende de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y de las virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza). A los cristianos es Cristo el que nos otorga la gracia necesaria para perseverar en la búsqueda de las virtudes. Con mucha humildad debemos pedir siempre esta gracia de luz y de fortaleza, recurrir a los sacramentos, cooperar con el Espíritu Santo, seguir sus invitaciones a amar el bien y guardarse del mal (Catecismo 1811).
Para nosotros, enfrentar la adversidad es vivir la virtud de la fortaleza, que es la “que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. “Mi fuerza y mi cántico es el Señor” (Sal 118, 14). “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). (Catecismo 1808).
De igual forma, los cristianos enfrentamos las tentaciones del mundo no negando los sentimientos (no querer nada, no sentir nada), sino mediante la virtud de la templanza, que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad (Catecismo 1809).