|
|
Se denomina marxismo a las distintas corrientes de pensamiento que interpretan el pensamiento del filósofo y economista alemán Karl Marx (1818-1883). No existe una sola concepción del marxismo, sino varias explicaciones de los fenómenos sociales a través de esta ideología. Su expresión política más conocida es el comunismo, cuyo origen se remonta al Manifiesto Comunista, escrito en 1848 por K. Marx y F. Engels. La concreción política de esta visión tiene un hito relevante en la Revolución Rusa de 1917, dirigida por Vladimir Lenin (marxismo-leninismo). A ella se sumaría una expansión en las revoluciones china (de 1948) y en Cuba, de 1959 (que todavía está vigente).
En nuestro caso, esta ideología no es del todo ajena a nuestra actual realidad política. Así, en la declaración de principios del Partido Comunista de Chile se lee que su visión de sociedad “se sustenta en las concepciones de Marx, Engels, Lenin, Recabarren; en aportes de otras y otros pensadores marxistas y progresistas (…)”. También lo explicita el Partido Socialista de Chile, cuando admite que “se inspira en el humanismo socialista, que se nutre de las diversas expresiones del pensamiento crítico del capitalismo. Asume como método de interpretación de la realidad el marxismo crítico, enriquecido y rectificado por el avance de la cultura, la ciencia y el devenir social, recogiendo particularmente los aportes del pensamiento democrático radical, el cristianismo de izquierda y el racionalismo laico (…)”.
El marxismo como forma de pensamiento es uno de los exponentes más relevantes del colectivismo. Su visión de la sociedad es esencialmente materialista y sus objetivos son lograr la felicidad en la tierra, a través de propuestas encaminadas a la colectivización de la propiedad y de la educación, la instauración de la dictadura del proletariado y la promoción de la lucha de clases. La Revolución es la forma para obtener estos ideales y así lograr transformar las estructuras sociales. Para Marx, el hombre es únicamente materia y, por tanto, sus actividades solo comprenden el plano material y sensible de transformación de la naturaleza, lo que justifica alentar el control de los medios de producción por parte de los trabajadores.
El Magisterio de la Iglesia ha emitido, en distintas épocas, diversos pronunciamientos advirtiendo los riesgos que presenta esta ideología y su incompatibilidad con el mensaje cristiano.
Al asumir León XIII, en su segunda encíclica (Quod apostolici muneris), del 28 de diciembre de 1878, señala a los tres enemigos de la época: el socialismo, el comunismo y el nihilismo. En el documento se denunciaba sobre esas ideologías: “Nada dejan intacto e íntegro de lo que por las leyes humanas y divinas está sabiamente determinado para la seguridad y decoro de la vida (…)”. Este mismo pontífice es conocido por la encíclica Rerum novarum (Acerca de las nuevas cosas), alentando el desarrollo de la doctrina social de la Iglesia.
La secuela de muerte y hambre que han dejado las dictaduras comunistas revela que no fue una exageración lo manifestado por el Papa Pío XI en la encíclica Divini Redemptoris (dada el 19 de marzo de 1937). Conviene recordar la advertencia profética de este pontífice al señalar: “Procurad, venerables hermanos, con sumo cuidado, que los fieles no se dejen engañar. El comunismo es intrínsecamente malo, y no se puede admitir que colaboren con el comunismo, en terreno alguno, los que quieren salvar de la ruina la civilización cristiana. Y si algunos, inducidos al error, cooperasen al establecimiento del comunismo en sus propios países, serán los primeros en pagar el castigo de su error; y cuanto más antigua y luminosa es la civilización creada por el cristianismo en las naciones en que el comunismo logre penetrar, tanto mayor será la devastación que en ellas ejercerá el odio del ateísmo comunista” (N.° 60).
El comunismo en el poder ha causado aproximadamente 100 millones de víctimas entre 1917 y 1989. Ese dato debería resultar suficiente para advertir su completa incompatibilidad con el mensaje cristiano.