"Unidos en Cristo para Evangelizar"
01 de Julio de 2026
La ayuda humanitaria en el cristianismo
 


Es un rasgo distintivo del cristianismo asistir a los más necesitados

Todos hemos quedado impactados con el doble terremoto en Venezuela y su secuela de muerte y destrucción, el pasado 24 de junio.

Este tipo de sucesos nos debe recordar que es un rasgo distintivo del cristianismo asistir a los más necesitados. Lo anterior supone dos cosas concretas: rezar y ayudar materialmente, dentro de nuestras posibilidades.

Los buenos ejemplos de la asistencia al prójimo son innumerables, pero no está de más recordar algunos que nos pueden ayudar a luchar contra la indiferencia.

En una carta del año 124, Arístides de Atenas le escribía al emperador Adriano explicándole en qué consistía la naciente actividad asistencial de la Iglesia: «Cuando muere un pobre, si se enteran, contribuyen a sus funerales según los recursos que tengan; si vienen a saber que algunos son perseguidos, encarcelados o condenados por el nombre de Cristo, ponen en común sus limosnas y les envían aquello que necesitan; y, si pueden, los liberan; si hay un esclavo o un pobre que deba ser socorrido, ayunan dos o tres días, y el alimento que han preparado para sí se lo envían, estimando que él también tiene que gozar, habiendo sido como ellos llamado a la dicha» (Apología, 17, Arístides de Atenas).

Otro buen ejemplo es san Gregorio Nacianceno (Capadocia, actual Turquía, 329-390), obispo del siglo IV, quien, reflexionando sobre la misión que Dios le había confiado, concluía: «He sido creado para ascender hasta Dios con mis acciones» (Oratio 14, 6, De pauperum amore: PG 35, 865). Lo anterior lo concretaba en la cercanía con el dolor ajeno, al exhortar a sus feligreses con estas palabras: «Nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo» (cf. Rm 12, 5), ricos y pobres, esclavos y libres, sanos y enfermos; y una sola es la cabeza de la que todo deriva: Jesucristo. «Y como sucede con los miembros de un solo cuerpo, cada uno debe ocuparse de los demás, y todos de todos». Luego, refiriéndose a los enfermos y a las personas que atraviesan dificultades, concluye: «Esta es la única salvación para nuestra carne y nuestra alma: la caridad para con ellos» (Oratio 14, 8, De pauperum amore: PG 35, 868 ab).

San Gregorio subraya que el hombre debe imitar la bondad y el amor de Dios y, por tanto, recomienda: «Si gozas de salud y eres rico, alivia la necesidad de quien está enfermo y es pobre; si no has caído, ayuda a quien ha caído y vive en el sufrimiento; si estás alegre, consuela a quien está triste; si eres afortunado, ayuda a quien ha sido mordido por la desventura. Demuestra a Dios tu agradecimiento por ser uno de los que pueden hacer el bien, y no de los que necesitan ayuda... No seas rico solo en bienes, sino en piedad; no solo en oro, sino también en virtud, o mejor, solo en esta. Supera la fama de tu prójimo teniendo más bondad que todos; conviértete en Dios para el desventurado, imitando la misericordia de Dios» (Oratio 14, 26, De pauperum amore: PG 35, 892 bc). (Benedicto XVI, Audiencia General del 22 de agosto de 2007).

No menos ejemplar es la vida de san Basilio, también obispo del siglo IV (nació alrededor del año 330). Como lo destacaba el papa Benedicto XVI: «Como obispo y pastor de su vasta diócesis, san Basilio se preocupó constantemente por las difíciles condiciones materiales en las que vivían los fieles; denunció con firmeza los males; se comprometió en favor de los más pobres y marginados; intervino también ante los gobernantes para aliviar los sufrimientos de la población, sobre todo en momentos de calamidad; veló por la libertad de la Iglesia, enfrentándose a los poderosos para defender el derecho de profesar la verdadera fe (cf. san Gregorio Nacianceno, Oratio 43, 48-51, In laudem Basilii: PG 36, 557 c-561 c). Dio testimonio de Dios, que es amor y caridad, con la construcción de varios hospicios para necesitados (cf. san Basilio, Ep. 94: PG 32, 488 bc), una especie de ciudad de la misericordia, que por él tomó el nombre de "Basiliades" (cf. Sozomeno, Historia Eccl. 6, 34: PG 67, 1397 a). En ella hunden sus raíces los modernos hospitales para la atención y curación de los enfermos». (Benedicto XVI, Audiencia General del 4 de julio de 2007).

La actividad de asistencia que debemos prestar los cristianos no ha cesado y no cesará hasta el final de los tiempos. Siempre tendremos al frente nuevas formas de vivir la caridad para rezar por los que sufren y también para concurrir a aliviar a otros en las diversas manifestaciones de pobreza y exclusión social.

No podemos caer en la indiferencia respecto de las necesidades de nuestros hermanos necesitados en Chile y, hoy, en Venezuela. Claramente, quienes caen en desgracia no han elegido esa vida miserable, y Dios nos ha puesto a su lado para ayudarles a aliviar su penosa situación.

Pidamos a Santa María, que es protectora de los desvalidos, que nos ayude a crecer en caridad.

Crodegango






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