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La palabra envidia deriva del latín invidia, que significa tristeza o pesar del bien ajeno.
En la moral católica se trata de uno de los pecados capitales, atendido que da lugar a otros, como el odio o el resentimiento.
Es lícito preguntarse si los chilenos tenemos propensión a la envidia. Nos debería llamar la atención en este punto que el Diccionario de la Real Academia Española haya aceptado un término para definir una conducta muy nuestra, el "chaqueteo", que es impedir por malas artes, normalmente mediante el desprestigio, que alguien se destaque o sobresalga.
La singularidad de la envidia viene dada por el hecho de que miramos con malos ojos las obras buenas de otros. Es un elemento definitorio de la envidia la tristeza ante los bienes o la excelencia ajena.
Es curioso, pero así sucede, que el envidioso se alegra ante los males de los demás. De cara a Dios, lo razonable debería ser que nos alegremos por el bien de los otros, pero la envidia no lo permite.
La presencia de la envidia se da en todos los ámbitos: dentro de una familia, lugares de trabajo, feligreses, clero, órdenes religiosas, amigos, políticos, esposos, grupos, colectividades e incluso naciones.
¿Por qué se produce esto?
Por un complejo de inferioridad muy profundo, puesto que creemos que la elevación de los otros es una rebaja a nuestra propia excelencia. El bien ajeno le parece al envidioso una rebaja a su persona.
El mal ajeno causa alegría al envidioso porque cuando se rebaja la excelencia del otro, sube la de él. Así, cuando cae el prójimo, el envidioso disfruta en su fuero interno, ya que con eso se demuestra que él es superior al hermano que sufre la desgracia. Desde el plano de la superioridad mortal, el envidioso espetará: "yo les dije cómo era".
Este desequilibro es una consecuencia del pecado original, que nos privó del estado de justicia original. A partir de esto tenemos que estar luchando siempre, con los medios que Dios nos ha puesto en el camino, por no ser dominados por este pecado que es contrario a la caridad.
A lo anterior se unen otras razones presentes en nuestra naturaleza, respecto de las cuales hay que prestar atención para luchar contra la envidia.
Primero, la disposición egocéntrica y narcisista. Esto se da en personas que tienen un complejo de inferioridad que los predispone a la envidia, atendido que piensan, erróneamente, que son el centro del mundo. Estas personalidades solo aceptan su brillo. Si admiran o se resalta a otro, la envidia los corroe interiormente hasta ponerlos tristes, aunque no quieran reconocerlo.
Segundo, por una competencia laboral, intelectual o material, que cuando no se realiza de cara a Dios resulta completamente desequilibrada y conduce a la envidia. Si a lo anterior se agrega la existencia de un ranking profesional o el reconocimiento en los medios de comunicación de cierto grado de excelencia, que destacan un logro, la envidia hará pronto lo suyo, individual y colectivamente.
Como se puede apreciar, esa especie de tristeza nos lleva a la crítica continua de las obras buenas de los demás. El envidioso muchas veces no está disponible para hacer lo que hacen los otros por el bien del prójimo, pero igual critica sin piedad a los que ejecutan buenas obras, minusvalorándolas. Son conocidas las frases ácidas de envidiosos militantes contra la Teletón u otras obras buenas que nos mueven a hacer el bien.
En el campo político, el envidioso sentirá gran atractivo por militar o simpatizar en aquellos grupos que estructuran su visión de la política en torno a la lucha de clases, para promover enfrentamientos entre cuanto grupo humano les interese: trabajadores y empresarios, alumnos y profesores, jerarquía eclesiástica y el clero, etc. Estos grupos de envidiosos se caracterizan por su permanente siembra de odio, nunca de la paz.
El envidioso actúa siempre con celo, que consiste en un amor excesivo del propio bien junto al temor de que sea superado por otros. Esto es muy típico de los niños cuando llega su hermanito.
También es propio en ciertas profesiones los celos de los colegas que piensan que otros les pueden quitar el puesto, los clientes, su espacio. Así, los celos generan intrigas, tensiones e incluso enemistades entre personas, familias, países, órdenes religiosas, eclesiásticos, etc. El envidioso siempre está triste porque considera que los demás gozan de más excelencia que él; se pone celoso porque se ve amenazado en su posición y es capaz de desatar, como defensa, campañas de desprestigio que, aunque pueden ser en algunos casos sutiles, terminan por causar daño.
Los remedios contra este vicio son la humildad; el estar atentos siempre a parar en seco los primeros movimientos de este sentimiento o de los celos que instintivamente nacen en nuestro corazón, recordando que todos somos hijos de Dios y no me puede entristecer el bien ajeno o alegrar el mal que padecen otros.
Vivir la caridad es el gran antídoto contra la envidia. San Pablo, en su primera Carta a los Corintios, resume muy bien esto: "La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta".
Crodegango