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Es un hecho que la inteligencia artificial (IA) ya forma parte de nuestra realidad diaria y cabría preguntarse si su utilización indebida nos puede estar llevando a nuevas formas de pereza.
Como se sabe, la expresión pereza proviene de la palabra latina pigritia, que deriva de piger = perezoso, tardo, flojo, desidioso. La pereza se vincula a la aversión, a la resistencia o repugnancia al cumplimiento de nuestros deberes. Es una forma de negligencia, que se traduce en el tedio o descuido de lo que tenemos que hacer. Este defecto es una repugnancia al esfuerzo que tenemos que hacer para cumplir el mandato bíblico: “te ganarás el pan con el sudor de tu frente”.
Es interesante, en este punto, lo dicho en el punto 100 de la reciente encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, cuando señala que la IA puede ser una valiosa ayuda, pero nos advierte que “en el uso personal, tres aspectos, en particular, deben ser tenidos en especial consideración: la facilidad para lograr el resultado, la impresión de objetividad y la simulación de la comunicación humana. La velocidad y la sencillez con la que es posible obtener indicaciones, elaboraciones complejas, contenidos mediáticos y formas de asistencia concreta simplifican nuestras vidas, pero también pueden acostumbrarnos a delegar demasiado y a buscar respuestas rápidas, debilitando el juicio personal y la creatividad (…)”.
Como se sabe, la pereza se caracteriza por el miedo y la huida del esfuerzo. Y, lógicamente, si se huye del esfuerzo, los deberes no se cumplen, pero ahora eso no se notará con facilidad, puesto que la IA me reemplazará en muchas actividades.
El riesgo de que se instale en los ambientes laborales e intelectuales la flojedad, que será disimulada por la ayuda de la tecnología, es un gran desafío humano.
Las noticias de estas nuevas formas de pereza comienzan a ser cotidianas. En tribunales de distintos países ya se ha sancionado a abogados que han presentado documentos judiciales con referencias legales falsas, generadas por sistemas de inteligencia artificial, sin haber revisado la corrección de la información.
Se debe reconocer que ya existe una crisis educacional porque estudiantes de diferentes grados están haciendo trampa con la IA. Muchos trabajos de investigación, lisa y llanamente, se producen mediante este avance tecnológico, sin mediar esfuerzo intelectual alguno, con todo lo que ello implica.
Es interesante reflexionar acerca de dónde está el límite de lo que le puedo pedir como ayuda a la IA. Digámoslo de otra forma, ¿dónde está el límite entre la virtud de la diligencia y su defecto, la pereza o flojedad? ¿Puedo pedirle a la IA que me resuma un libro que debo leer para estar al día en mi disciplina o cumplir con mis deberes de estudiante? ¿Es lícito pedir que me resuma un trabajo o documento que debo analizar o evaluar?
Si no reconocemos el riesgo de pereza al que nos puede llevar la IA, tarde o temprano caeremos en una auténtica anemia intelectual. Como se sabe, hay muchas formas de anemia. Cada una tiene su propia causa, pero siempre es una señal de advertencia de una enfermedad grave que, en el campo intelectual, profesional y de la enseñanza, lleva indefectiblemente a la mediocridad.
Los síntomas de la anemia intelectual por mal uso de la IA pueden comenzar con descuidos leves, como pedir que me reemplace en deberes que la virtud de la diligencia me obliga a realizar. Pero podría llevar a problemas mayores, como llegar a crear la imagen de un profesional, docente o alumno de excelencia, pero que es completamente.
La receta para evitar caer en un mal uso de la IA está en la invitación que hace el último número de la encíclica antes referida: permanecer siempre fieles a la verdad.
Crodegango