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La necesidad de esta práctica diaria nos asegura realizar una buena confesión sacramental y también es un instrumento que nos permite conocernos, para actuar en consecuencia en la vida cotidiana, poniendo en práctica la regla elemental de la moral que invita a hacer el bien y evitar el mal.
Sin examen de conciencia es imposible mejorar en nuestra vida espiritual y moral.
En el cristianismo, el examen de conciencia es mucho más profundo que la invitación de los griegos a practicar el “conócete a ti mismo”. No hay duda de que conocerse a uno mismo es algo necesario, pero ello no es suficiente. Ese conocimiento solo tendrá utilidad cuando nos acerca a Dios, que nos pide cambiar aquellas cosas que, en un examen de conciencia hecho seriamente, se verán como no queridas por Nuestro Padre, que es Uno y Trino.
En la historia se han justificado de diferentes maneras los objetivos del examen de conciencia: para lograr un fortalecimiento psicológico, para alcanzar fines terapéuticos que ayuden a superar alguna debilidad psiquiátrica, evitar la angustia, etc. En el cristianismo esto va más allá: es una invitación a la vigilancia, para determinar cómo está nuestra relación con Dios y, a partir de ello, rectificar el rumbo.
Lo anterior se explica porque el examen de conciencia en el cristianismo no es un monólogo, es mucho más que eso.
Existen diversas formas de hacer el examen de conciencia. Cuando me voy a confesar, debo centrar la atención en aquellas conductas que constituyen pecado, para acusarme de ellas con propósito de enmienda.
En cambio, cuando practico el examen de conciencia como parte de mi vida espiritual, se trata de un medio de lucha por conseguir mi fin, que es llegar al cielo.
Hay varias alternativas para el examen interior. Entre otras, me puedo centrar en mi defecto dominante (ira, gula, mal genio, envidia, etc.), para ver si estoy consiguiendo atenuarlo como Dios quiere; puedo repasar las virtudes teologales y morales y de qué manera las estoy viviendo, de cara a Dios; puedo indagar qué es lo que me produce la falta de paz interior para poner en ello el punto de lucha, de cara a Dios.
También puede ser útil ejecutarlo formulando tres preguntas de cara a Dios: ¿Qué he hecho bien? ¿Qué he hecho mal? ¿Qué puedo hacer mejor mañana?
Cualquiera que sea el método, para que sea eficaz, conviene comenzar con una oración.
No tener como una práctica espiritual el hacer diariamente un examen de conciencia nos puede llevar, tarde o temprano, a un eclipse. Como se sabe, esa palabra proviene del griego y, en el lenguaje astronómico, significa la desaparición de algo, el surgimiento de una situación de oscuridad total o parcial. Efectivamente, la prescindencia del examen de conciencia puede llevarnos a que comencemos, en muchos asuntos, a actuar con una conciencia errónea. Cuando el dictamen de la conciencia coincide con la voluntad de Dios, se dice que la conciencia es verdadera; si no coincide con la voluntad de Dios, es errónea.
El objetivo final de esta práctica piadosa es descubrir los fallos del día y pedir perdón a Dios por ello.
También me sirve esta instancia para verificar si los propósitos que me he propuesto en mis luchas personales están logrando frutos concretos en el amor a Dios y al prójimo, en honradez, en la santa pureza, en la laboriosidad, etc.
El examen debe terminar con un propósito concreto, que debe ser siempre práctico. Por ejemplo: debo ir a visitar a mis abuelos; debo trabajar de manera seria y evitar improvisaciones; debo ser puntual; debo evitar ver ese programa de televisión inmoral; debo comer y beber con moderación; no debo ver páginas inadecuadas en internet; debo confesarme pronto; debo poner los medios para formarme intelectualmente como cristiano; debo ser generoso con los que más necesitan; etcétera.
Crodegango