|
|
La conversión, en un sentido amplio, es un cambio de los principios que rigen la vida de una persona adulta para pasar a una nueva vida.
En su sentido religioso, la conversión es un fenómeno complejo en el que confluyen distintos elementos. Por un lado, los propios del que se convierte, vinculados a su voluntad, hábitos interiores, circunstancias externas, familia y entorno social. Y, junto a lo anterior, la acción de Dios, que siempre nos está ofreciendo que actúe su gracia en nuestra vida.
La conversión se puede producir de diferentes formas; no tiene un camino único, puesto que el encuentro con Jesús no es igual para todos. Veamos algunos ejemplos que pueden ilustrar esto.
San Pablo. De actuar como un perseguidor implacable de los cristianos, pasó a ser un apasionado apóstol de Cristo, como lo revelan sus frutos: escribió 13 cartas que forman parte del Nuevo Testamento. Pasó unos 30 años navegando por la cuenca del Mediterráneo y visitando las que se consideraban las principales ciudades de su época para anunciar el Evangelio. Fue detenido, azotado y enviado a juicio a Roma, donde fue decapitado el 29 de julio del año 67.
María Magdalena (o de Magdala), discípula del Señor, cuya fiesta se celebra el 22 de julio. Fue librada por Jesús de los malos espíritus. Es una de las mujeres que asisten a la muerte y sepultura de Cristo. Es la que, el domingo por la mañana, acude al sepulcro y les avisa a los apóstoles que no está el cuerpo en el sepulcro. El Señor se le aparece y le manda anunciar su resurrección a los apóstoles. No se debe confundir a esta María con la de Betania, que era hermana de Lázaro.
San Mateo, apóstol y evangelista (se le atribuye el primer Evangelio). Antes de ser cristiano, era cobrador de impuestos o publicano en Cafarnaúm, donde Jesús lo invitó a seguirlo. La figura del publicano implicaba desarrollar una tarea muy controvertida, de manera impune y sin control, lo que debió llevar inevitablemente a actuar embriagado por la codicia del maximalismo en la recaudación.
San Justino (100?-165). Filósofo nacido en una familia pagana. Se hace cristiano el año 130. Abandonó sus anteriores creencias para dedicarse a la defensa del cristianismo. Fue llevado a prisión, condenado a muerte y sacrificado el 1 de junio de 165.
San Agustín (de Hipona). Su proceso de conversión lo relata en sus Confesiones, un libro imprescindible para los cristianos. Su conversión lo llevó a cambiar radicalmente de vida, que estaba encaminada a hacerse famoso y sobresalir en el arte de la retórica, para obtener “honores humanos y amontonar engañosas riquezas” (Conf., 1,9,14). También su conversión al cristianismo lo hizo cambiar su visión de la sexualidad, que había vivido antes como esclavo de las pasiones (Conf., 6,15,25), como un joven libertino de los que han existido siempre. Su conversión lo llevó a una profunda búsqueda de la verdad, convirtiéndose en el padre espiritual de Europa. Abrazó la castidad por el Reino de los Cielos.
La lista podría continuar, puesto que la vida de cada cristiano es una historia de conversión en la que también cabe la de cada uno de nosotros.
Los primeros que se convirtieron al cristianismo debieron lidiar con un mundo que se resistía, como hoy, a su mensaje. Se trataba de gente común y sencilla, como es la vida de la mayoría de los cristianos que están llamados a santificarse en lo ordinario de la vida corriente, en medio del mundo.
Como describe a nuestros primeros hermanos un documento del siglo II, conocido como la Carta a Diogneto: “Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho”.
“Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida (…)” (A Diogneto, en Padres Apostólicos, Madrid: Ciudad Nueva, 2014, pp. 535-572).
Cada sujeto que se ha convertido ha seguido un itinerario personal que supone siempre dejar algo en el camino, esto es, un cambio radical de vida para enderezarla a lo que Cristo nos pide, para conseguir el objetivo final de nuestra existencia, que es la santidad.
Crodegango