"Unidos en Cristo para Evangelizar"
27 de Agosto de 2026
Mentalidad burguesa y su antídoto
 


El que ha caído presa de la mentalidad burguesa está inmerso en un mundo estrecho, del que no es fácil salir

Cada época tiene su propia mentalidad.

Si tuviéramos que definir la forma de vida que predomina hoy, es la mentalidad burguesa. Este modo de vida se caracteriza por el predominio de una visión materialista y carente de heroísmo. El único motor para muchos es el hedonismo, que los lleva a hacer solo lo que reporta placer.

El objetivo de esta forma de vida se encamina a conseguir logros económicos, obviamente para satisfacer los gustos que el hedonismo rampante determina como “años sabáticos”, visita a lugares exóticos, trekking por parajes naturales, experiencias gastronómicas y otras actividades similares.

La mentalidad burguesa es egocéntrica: primero yo, segundo, yo, tercero, yo. Ni pensar en prestar un servicio, incluso en cosas tan básicas como ir al supermercado o pagar la cuenta de TV cable, no obstante que se beneficie de ello.

El que ha caído presa de la mentalidad burguesa está inmerso en un mundo estrecho, del que no es fácil salir, ya que obligaría a renunciar a las cosas que para él son esenciales, cuando no vitales, como es gastar su tiempo en largas sesiones de PlayStation o tandas para ver la última serie de Netflix, etc.

Esta forma de vida gradualmente va incapacitando para hacer un esfuerzo en diversos planos de la vida. A modo de ejemplo, proponer a un estudiante que lea un libro, ni pensarlo. ¿Para qué lo va a hacer, si la inteligencia artificial lo resume?

En el mejor de los casos, el burgués a lo más está para “farmear aurea” o ser influencer, y así convertirse en una persona que proyecta carisma, presencia, seguridad, energía, estilo y magnetismo, pero en esa perrera universal que es el mundo de las redes sociales, donde unos se ladran con otros.

Tener hijos. Menos, ya que son un gasto que arruina proyectos personales.

La vida aburguesada termina pasando la cuenta tanto en el plano personal como de manera colectiva. Ese modo de ser, tarde o temprano, impide salir de sí mismo. El aburguesado queda incapacitado para defender algo diferente de lo que sea su interés.

En el plano espiritual, esta forma de vida también se manifiesta de muchas maneras. Tener prácticas de piedad, imposible. Ir a Misa, por ningún motivo, ya que el cura predica muy largo o “no me dice nada”. Para algunos, la Misa resulta muy larga. Sin embargo, si midieran el tiempo que gastan en el carrete de fin de semana o viendo los capítulos de la serie de moda, se darían cuenta de que ello equivale a las Misas de varios meses. Y no es exageración.

La forma de vida con mentalidad burguesa también es algo socialmente peligroso, puesto que permite a grupos interesados en estimular y organizar el resentimiento fomentar las variadas formas que reviste la lucha de clases. No hemos tenido la valentía de preguntarnos cuánto del estallido social de 2019 se debe a nuestras conductas burguesas, que nos han llevado a desinteresarnos por los males que afectan a otros y a buscar las soluciones de los problemas de tantos.

La mentalidad burguesa genera una hostilidad que introduce una tensión social. Los que amenazan con un nuevo estallido social claramente se nutren del mal ejemplo que proviene del ensimismamiento que no permite atender las necesidades del prójimo.

En el cristianismo existen varios remedios contra la mentalidad burguesa. Uno de ellos es hacerse la pregunta y responder con sinceridad: ¿De qué le vale al hombre conquistar el mundo entero, si pierde su alma?

En el plano de lo concreto, conviene recordar que San Ignacio de Loyola, utilizando esa interrogante, logró convertir a varios. Uno de los casos más recordados es el de San Francisco Javier, joven navarro de buena posición social que estaba estudiando en París para hacer una carrera en la que predominaba una visión muy humana. Cuenta la historia que San Ignacio le dijo: “Piensa que el mundo es traidor, que promete y no cumple; mas aunque cumpliere lo que promete, jamás podrá satisfacer tu corazón. Y aun suponiendo que le satisficiere, ¿cuánto durará esa ventura? ¿Podrá durar más que tu vida? Y al fin de ella, ¿llevarás tu dicha a la eternidad? ¿Hay algún poderoso que haya llevado a la otra vida ni una moneda ni un criado para su servicio? ¿Hay algún rey que tenga allí un pedazo de púrpura para engalanarse?…”. Con esa interpelación, Francisco Javier se apartó del mundo, siguió a San Ignacio de Loyola y llegó a ser un gran santo.

 

Crodegango






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