"Unidos en Cristo para Evangelizar"
20 de Octubre de 2021
El inicio del camino sinodal en Chile
 


El 9 de octubre pasado el Papa Francisco anunciaba el inicio de un proceso sinodal que tendrá lugar en Roma en octubre de 2023, y que estará precedido de fases diocesanas en cada país. La Iglesia Católica en Chile ya comienza a dar los primeros pasos.

Para entender de que se trata esta invitación, recordemos que un sínodo es una asamblea de Obispos, que se reúnen en ocasiones determinadas para fomentar la unión estrecha entre el Romano Pontífice y los Obispos, y ayudar al Papa con sus consejos para la integridad y mejora de la fe y costumbres y la conservación y fortalecimiento de la disciplina eclesiástica, y estudiar las cuestiones que se refieren a la acción de la Iglesia en el mundo (Canon 342 Código de Derecho Canónico).

En la historia de la Iglesia han existido muchos sínodos, que se han celebrado en distintas épocas y lugares. En la Iglesia Latina, el Papa Pablo VI, en la cuarta etapa del Concilio Vaticano II (1962-1965), instituyó el Sínodo de los obispos como un órgano consultivo. Ha sido una constante que después de esos encuentros el Papa promulgue una “exhortación apostólica”, que es un documento magisterial escrito sobre una determinada materia con un contenido pastoral. Aunque no es estrictamente necesario, los Papas lo han hecho así, profundizando en la comunión que debe existir entre el Santo Padre y los obispos.

El mismo Pablo VI, en la carta apostólica en que instituyó el Sínodo de los Obispos para la Iglesia Universal (de 15 de septiembre de 1965) justificaba la instauración de esta instancia señalando: “después de haber observado atentamente los signos de los tiempos, nos esforzamos por adaptar los métodos de apostolado a las múltiples necesidades de nuestro tiempo y a las nuevas condiciones de la sociedad, nos induce a consolidar con vínculos más íntimos Nuestra unión con los Obispos, “a quienes puso el Espíritu Santo (...) para gobernar la Iglesia de Dios” (Hech 20, 28). Nos mueve a ello no sólo la reverencia, la estima y el agradecimiento, que sentimos como un deber hacia todos nuestros Venerables Hermanos en el Episcopado, sino también la gravísima carga de Pastor universal que se nos ha impuesto, por la cual estamos obligados a conducir hacia los pastos eternos al Pueblo de Dios. En esta nuestra época, agitada ciertamente y llena de tantos peligros, pero también abierta de manera  patente a los influjos saludables de la gracia divina, la experiencia diaria nos enseña hasta qué punto es útil para nuestro oficio apostólico dicha unión con los Obispos, razón por la cual tenemos sumo interés en fomentarla y aumentarla por todos los medios posibles, “para que —como dijimos en otra ocasión— no nos falte el consuelo de su presencia, la ayuda de su prudencia y experiencia, el apoyo de sus consejos y la aprobación de su autoridad (Discurso a los Padres Conciliares en la III Sesión: AAS 56 [1964] 1011)”.

Como se puede apreciar, un sínodo no pretende ni puede cambiar el Magisterio de la Iglesia. Su alcance siempre es pastoral. Como lo indicaba Pablo VI en el documento antes referido: “Corresponde al Sínodo de los Obispos, por su misma naturaleza, la tarea de informar y aconsejar. Podrá gozar también del poder deliberativo cuando se lo conceda el Romano Pontífice, a quien corresponderá en este caso ratificar la decisión del Sínodo”.

Si nos atenemos a la convocatoria del Papa Francisco, nos debe quedar claro que la fase preparatoria local -a la que estamos todos invitados – se busca procurar los fines generales y específicos que debe tener todo sínodo, y que es obtener “conocimiento directo y verdadero de las cuestiones y de las circunstancias que atañen a la vida interna de la Iglesia y a su acción propia en el mundo actual; facilitar la concordia de opiniones, por lo menos en cuanto a los puntos fundamentales de la doctrina y en cuanto a al modo de proceder en la vida de la Iglesia”; “intercambiarse noticias oportunas; dar consejo acerca de aquellas cuestiones para las que sea convocado el Sínodo en cada ocasión”.

En ese caso estamos convocados a reflexionar sobre la sinodalidad, esto es, la forma como nuestros pastores deben colaborar con el Papa, dentro del marco antes indicado. Para tal efecto, el Papa Francisco señala que el Sínodo es una gran oportunidad “para una conversión pastoral en clave misionera y también ecuménica”. De igual forma, nos advierte el peligro de reducir esta instancia a un acto formal, sin “sustancia”. Necesitamos, dice el sucesor de San Pedro, “los instrumentos y las estructuras que favorezcan el diálogo y la interacción en el Pueblo de Dios, sobre todo entre los sacerdotes y los laicos”. Para hacer posible esto, continúa el Papa, se hace necesario transformar, “ciertas visiones verticalistas, distorsionadas y parciales de la Iglesia, del ministerio presbiteral, del papel de los laicos, de las responsabilidades eclesiales, de los roles de gobierno”.

Naturalmente, los objetivos del camino sinodal obligan a considerar la doctrina que nos legó el Concilio Vaticano II”, en sus 16 documentos (se pueden consultar en www.vatican.va.). En ese gran hecho histórico, que fue el Vaticano II, se contiene el mapa acerca de la forma como debemos enfrentar los católicos los desafíos actuales, y que seguramente serán objeto de nuestra reflexión y oraciones en este camino sobre la sinodalidad.

En esos documentos se distinguen 4 Constituciones: Sobre la Sagrada Liturgia; Sobre la Iglesia; Sobre la Revelación y Sobre la Iglesia en el mundo actual. 9 Decretos: Los medios de comunicación social; El Ecumenismo; Las iglesias orientales católicas; El Oficio Pastoral de los Obispos; La renovación y adaptación de la vida religiosa; Los seminarios; El apostolado seglar; La actividad misionera de la iglesia; El ministerio y la vida de los sacerdotes., Y 3 Declaraciones: Sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas; Sobre la educación cristiana y Sobre la libertad religiosa. Según su contenido, esos textos se ocupan de asuntos internos de la iglesia (Liturgia, colegialidad, primado del Papa) y otros que establecen las bases para resolver la relación de la iglesia insertada en el mundo (libertad religiosa, ética social).

El camino sinodal es una oportunidad imperdible para ayudar a nuestros pastores en su misión de conducir al Pueblo de Dios al cielo. Tenemos que aprovechar esta etapa para manifestar, con hechos concretos, a nuestros Obispos y sacerdotes que el pueblo fiel siempre ha caminado a su lado. Ahora, todos juntos tendremos que examinar que debemos hacer para que seamos una verdadera Iglesia de Misión, donde cada alma nos importe para que pueda cumplir su meta de llegar al cielo.

Entre otros asuntos, debemos buscar respuesta y acciones pastorales concretas para hacernos cargo del aumento de los creyentes “a su manera” o derechamente de la desafectación que muchos tienen con la fe católica que les enseñaron sus abuelos y padres; tendremos que enfrentar que  hoy existe en muchos ambientes un odio contra la religión y todo lo que ello representa en la cultura, educación, política, etc., en particular contra la Iglesia Católica; tendremos que pensar cómo enfrentar el avance del secularismo, en algunos casos alentado por personas que se presentan públicamente como católicos y que se comportan si conocer y respetar su enseñanzas doctrinales; también tendremos que buscar la causa de la disminución de la vocaciones sacerdotales y religiosas, y la manera como poner los medios para revertir esta tendencia que nos acompaña.

La historia de la Iglesia Católica está caracterizada porque en cada época los católicos son llamados a responder, con oración y fidelidad, al camino a que invita Jesucristo. Para que en esta nueva oportunidad preparatorio del camino sinodal cosechemos frutos abundantes empecemos desde ya con toda nuestra alma a pedir:

¡Ven, oh Santo Espíritu!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Crodegango






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